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Estafados (o casi)

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Hace mucho tiempo, sobre todo a partir de las innumerables discusiones que hay en internet en torno a la mal llamada piratería, que se viene hablando del abusivo mercado de precios del ocio en España. Resulta incomprensible, cuando no turbador e indignante, que países con mayor renta per cápita tengan, además, mucho más baratos los artículos de ocio. Es el caso de Alemania, Reino Unido, Estados Unidos…

Los distribuidores alegan que se debe a la piratería, cómo no. Que el mercado español no puede abaratar los precios porque se hundiría. La verdad, les guste a ellos o no, es que el problema del mercado español es un sistema de distribución arcaico y sobretarificado por el cual muchas bocas quieren morder la misma manzana y al final, para saciar el estómago, se engordan las manzanas de manera que todos se lleven un bocado más grande. ¿Quién “paga el pato”? El consumidor, como siempre, que es quien va a abonar el precio al peso de una manzana que en otros sitios cuesta mucho menos.

Mi última compra por internet ha consistido en dos ediciones especiales blu ray: Por un lado, Avatar Edición Coleccionista, 3 discos. Por otro, la Alien Anthology, 6 discos. La compra la llevé a cabo en Amazon UK. Esta tienda on-line tiene dos ventajas mayúsculas: Primero, gastos de envío gratuitos a España, la opción FREE Super Delivery. Sí, tal cual suena. La segunda, que a los residentes en Canarias nos descuenta el 18% de VAT (IVA) del precio de los artículos, ya que no pagamos IVA.

Recibí el paquete con ambos artículos, en apenas una semana (algo impensable cuando compras a tiendas españolas, manda narices), tras pagar 47€. ¿Mucho o poco? Veamos… Tiendas españolas: FNAC, DVDgo… Tienen ambos artículos a entre 49€ y 65€… ¡cada uno! Y eso sin contar los gastos de envío, que por supuesto no son gratuitos. Ahora recordad que la libra es más fuerte que el euro y que los británicos tienen una mayor renta per cápita que los españoles. ¿Cuánto le cuesta a un británico friki satisfacer su afición y su hobby coleccionista? Mucho menos que a un español, obviamente. La comparación no es sólo odiosa, es insultante.

En resumen: Lo que en UK, a pesar de que la libra es más fuerte que el euro, me sale a 47€, sin gastos de envío y puesto en casa en una semana (y no olvidemos que Canarias está más lejos que el resto) en España me costaría alrededor de unos 120€ y me tardaría en llegar un mes. La pregunta es, ¿de verdad creen los distribuidores españoles que voy a contribuir voluntariamente a que me estafen? Lo siento pero no. Mi dinero se lo van a llevar distribuidores británicos. Yes, sir.  Y animo a todo el mundo a hacer lo mismo. Que lo llamen piratería si quieren.

 

Nota: Por supuesto, al comprador peninsular le habría salido la compra por algo más, unos 55€. Sigue siendo un precio irrisorio comparado con la estocada en la cerviz que nos endiñan las tiendas españolas.

Por qué no pagaría por descargas directas.

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Ayer escribí una pequeña reflexión acerca de la nueva modalidad de pago de Spotify, titulada Por qué no pagaría por Spotify. Algunos amigos me comentaron en Facebook que, estando de acuerdo conmigo en lo respectivo a Spotify, prefieren pagar por servicios de descarga directa como Megaupload o Rapidshare, por encontrar una mayor versatilidad en estos servicios de descarga de archivos. Yo, en mi caso, nunca he visto con buenos ojos estas suscripciones.

No es cuestión de volver sobre las reflexiones que me hacen estar de acuerdo con la libre descarga de contenidos y la polémica de la mal llamada “piratería”, porque sería embarrar esta reflexión. Básicamente: Estoy a favor. Partiendo de este punto, siempre he entendido que las descargas se justifican en una cierta honestidad por parte del consumidor, que:

1- Se baja aquello que no puede comprar;

2- Compra un número determinado de artículos, dependiendo de su economía;

3- Consume más de lo que podría comprar aunque quisiera.

Internet ofrece una versatilidad universal. No hay oferta comercial que compita con ella. La comunidad de usuarios dedicada a transmitir y compartir contenidos, ya sean de pago o gratuitos, es una marea imparable y procesa una carga de trabajo que, de forma similar a la de una colonia de termitas, supera con creces la labor de entidades mayores y más poderosas sobre el papel. Ninguna compañía tiene la capacidad de realizar tantos lanzamientos ni de cubrir un catálogo tan inmenso como la scene y es habitual encontrar en internet aquello que no se puede encontrar en ningún otro sitio. Pero seamos justos: La scene consiste en su gran mayoría en usuarios desinteresados que no ven un duro por su trabajo porque los que generan el contenido (los creadores) tampoco lo ven y los que disfrutan de la labor de unos y otros (los consumidores) no lo tienen. Es una forma digna de operar. Y resulta tremendamente irónico (y triste) que, en el momento en que los usuarios deciden pagar por un contenido, el que reciba el dinero no sea el creador del contenido, sino un tercer agente que se aprovecha de la coyuntura y que en ningún momento, a diferencia de Spotify, remunera a los creadores o gestores de los derechos comerciales.

Las compañías de hosting de archivos realizan un servicio que se adapta a una demanda, sí. Pero ese servicio tiene alternativas, aunque haya que currárselas un poco, empezando por la descarga gratuita que ellos mismos ofrecen, con el único precio de tener un poco de paciencia; o los métodos de descarga p2p que ofrecen los mismos contenidos sin pagar a nadie: Bittorrent, eMule… pero de nuevo, basta con tomarse una mínima molestia de buscar el archivo y esperar a que se descargue. No es un esfuerzo mayor del que hicieron quienes permitieron que el contenido llegara hasta nosotros.

Siempre he pensado que las descargas en internet funcionaban éticamente porque en la ecuación no había un factor dinerario. Una vez introducido, creo que herimos gravemente la base de nuestros argumentos.

Por qué no pagaría por Spotify

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Spotify, que no hace muchos meses anunciaba su crecimiento en número de usuarios y volumen de negocio, anunció hace poco que limitará el uso y disfrute de los usuarios free y que parte de los servicios que ofrecía, como la escucha ilimitada de canciones a cambio de forzosa publicidad, pasarán a ser parte de la oferta de pago. Ahora, un usuario de la modalidad gratuita sólo podrá escuchar cada canción un máximo de cinco veces, entre otras limitaciones. Las reacciones en internet no se han hecho esperar y se está formando una bola de nieve de acusaciones y reproches.

En primer lugar, me resulta curioso que la industria por un lado nos machaque con los productos que quiere vender, obligándonos en la práctica a escuchar decenas y hasta cientos de veces canciones que no nos gustan (quién no ha terminado hasta los huevos del último fenómeno comercial de la radio y la televisión, y en el mismo servicio Spotify), cuando por otro lado impone el límite de escuchas en su cliente de streaming. La música es suya y se la follan cuando quieren, por supuesto, pero eso no quita que no podamos quejarnos del sinsentido, que no encierra otra cosa que dirigir las ventas.

Por otro lado, no me gusta Spotify porque no me parece un catálogo perfecto, ni siquiera rayano en la perfección (que ya sé que es imposible, pero hay grados de acercamiento, sobre todo basados en la voluntad). De las veces que lo he usado, he observado discografías incompletas, preeminencia de recopilatorios y grandes ausencias tanto de artistas consagrados que no han cedido sus derechos (Metallica, Led Zeppelin…) como de otros artistas que son demasiado “no famosos” (The Steepwater Band, Five Horse Johnson…) para estar en las listas. Pagar para tener en cualquier parte la música que ya tengo en cualquier parte tras pasar mi colección de CD’s originales a un magnífico mp3 de Sony me parece una tontería y un gasto inútil. Si quiero algo como Spotify es para escuchar bandas y discos nuevos que no tengo y no conozco, pero de los que he leído alguna referencia en algún momento en algún sitio, y que con un Spotify al lado, resultaría fácil explorar. Pero mi decepción ha sido mayúscula en numerosas ocasiones.

En tercer lugar… ya hablé en una ocasión sobre el acuciante problema que existe en la Industria Musical con la obsesión por el volumen. La conocida como Loudness War afecta también a Spotify, y dejando a un lado la baja calidad de los mp3 que sirve al cliente (que mejora pagando, obviamente) para alguien con el oído mínimamente entrenado se nota que las canciones están amplificadas a niveles que, como dirían en La loca guerra de las Galaxias, son absurdos. Entiendo que esto, para el común de los usuarios, sea una queja supérflua de friki musical, pero es el servicio el que se tiene que adaptar al usuario y no al revés. Yo cuando paso la música a mi mp3, normalizo todas las canciones aplicando valores de ReplayGain. Spotify utiliza la convencional “normalización”, que no sólo no me convence, sino que resulta en un aumento mayor del volumen. Y a mí entre una cosa y otra se me atraganta la oferta de esta compañía.

Entiendo que a las sucesivas críticas que está generando la decisión de Spotify también se sucedan voces de reproche hacia los usuarios que ponen el grito en el cielo. Ejemplos gráficos dan en el clavo:

…Y no dejan de tener cierta razón. A la gente le cuesta pagar. Pero también tengamos en cuenta, olvidando la picaresca y la caradura española, que el mercado español es un mercado acostumbrado el abuso. A los consumidores españoles se nos suele cobrar lo mismo más caro y con peor servicio, y se nos suele cobrar por todo, al mismo tiempo que somos de los países con renta per cápita más baja de Europa. Pero no sólo eso: En los países donde tienen mayor poder adquisitivo, tanto las telecomunicaciones como los contenidos de ocio suelen estar mucho más baratos, tanto que hasta sale muy a cuenta comprar por internet, gastos de envío incluídos, ahorrando a veces hasta la mitad del dinero. Por tanto, veo en parte lógico que la gente se cabree. 5€ no son nada, dicen algunos, pero para muchos, son cinco euros más añadidos a un gasto de por sí desproporcionado en la tarifa de datos del móvil y la tarifa de internet del fijo (ambas necesarias para disfrutar Spotify), las entradas abusivas del cine, el precio de la gasolina, el recibo de la luz, la inflación… Y suena a la típica chufla para sacar dinero que de repente te digan que lo que estabas usando no lo vas a poder usar y que vas a tener que pagar.

No hay debate.

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Empezar el día con alegría es fundamental. Por eso no receto a nadie escuchar debates sobre la “piratería” en internet a menos que esté alineado con las opiniones oficiales de la industria del entretenimiento.

Ayer en la Cadena SER se pudieron escuchar minutos para la gloria en la doctrina antipiratería. En un simulacro de debate y cruce de ideas en el que todos pensaban lo mismo (“Yo no sé por qué discuten si están todos de acuerdo”, se preguntaba Ignacio Escolar en su Twitter), se escucharon algunos de los argumentos más obtusos y manidos de este tema y perlas de la estulticia como resumir la piratería en el símil “comer caviar del suelo a puñaos” (sic).

Llamaba la atención que en una cadena supuestamente progresista y de corte social ni uno solo de los contertulios aportara una mínima idea coherente con el común de los ciudadanos. Llamaba aún más la atención que no hubiera nadie representando ideas cercanas a la postura de la gran mayoría de la gente y de los internautas en concreto. Llamaba la atención que no hubiera una sola voz crítica ni un solo apunte de reprobación a la política de las empresas para con los consumidores ni reproches hacia prácticas comerciales abusivas. En definitiva, llamaba la atención el monolítico juicio de los opinadores de la radio, desconocedores a un nivel supino de la red de redes, y la agresiva criminalización de los consumidores y usuarios, a los que no sólo llamaron ladrones, sino directamente maleantes y sinvergüenzas, estafadores (símil con el fraude fiscal incluido) y otras joyas.

Como digo, no es bueno cogerse cabreos y menos por la mañana, aún con el estómago vacío. Sufrí en silencio dentro de mi coche, aferrado al volante, salvo cuando exclamé un “¡Pero es que eso es mentira!” ante un dato erróneo y malintencionado arrojado sobre la mesa: Si no recuerdo mal, que la venta de música legal había bajado un tanto por cierto en fechas cercanas, cuando no hace mucho conocíamos que la venta de música por internet y las plataformas de pago como Spotify no paraban de crecer.

Estoy harto de este debate porque no hay debate. No hay voces con ideas diferentes en los medios. No hay tertulias a las que se invite a gente que piense de otra manera y especialmente se evita la participación de personas con capacidad de argumentación clara como por ejemplo el abogado especializado en derechos de autor David Bravo o el presidente de la Asociación de Internautas, Víctor Domingo. Cuando no hay un monólogo al servicio de las industrias que les dan de comer (un medio de comunicación  y los generadores de contenidos tienen una relación simbiótica) sencillamente se lo inventan.

Miércoles…

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Con el examen del día 14 cada vez más cerca cualquier excusa era buena para solazarse y eludir responsabilidades (hincar los codos), así que el día me llevó por diferentes webs, programas y noticias.

La mañana comenzó con la entrevista en Los Desayunos de TVE al presidente de Colombia, Juan Manuel Santos. Entre otros temas, confirmó la conexión ETA-FARC, cosa que ya se había mencionado en el pasado pero quizá no había sido corroborada por fuentes oficiales colombianas (desconozco este dato en concreto), y afirmó haber “invitado” a los empresarios españoles a invertir en infraestructuras en Colombia “ya que aquí parece que no pueden invertir debido a la situación”, lo cual me sonó a un mal chiste, aunque no será culpable el señor Santos de que no tenga gracia… Si no hay dinero para invertir, no hay dinero para invertir; sería un movimiento sardónico que las mismas empresas que agarran el monedero en España hicieran las Américas en estos momentos, dejando a los españoles con un palmo de narices y los bolsillos cada vez más vacíos. Aunque muy probablemente esté ocurriendo ya mismo.

Por otro lado, tras la entrevista de la ministra Sinde en el programa de Buenafuente (al que han criticado en su Twitter por la falta de punch, cosa que hizo enrocarse al humorista en una actitud defensiva) leemos en la prensa nuevas declaraciones de la fatal ministra: La ley Sinde impedirá acceder a webs de descargas ‘ilegales’ alojadas fuera de España”. Algunos comentarios de la noticia daban la bienvenida al lector a la República Popular China, mientras otros anunciaban con mucha esperanza que los ingenieros del software libre encontrarán la receta mágica para saltarnos las prohibiciones. No soy tan optimista como el segundo comentarista, pero sí tan pesimista como el primero. Y para los que achacan la Ley Sinde al PSOE, no olvidemos que el PP votó a favor de la misma, ni se opuso (novedad) ni se abstuvo, lo cual quiere decir que en su Gobierno habrían ordenado algo similar, si no peor. Los intereses industriales no tiene color ni sigla política (o tal vez color verde y sigla ‘$’), pero extienden sus garras sin miramientos sobre los escaños que deberían representar a los consumidores, los votantes, y no a un grupúsculo oligárquico alejado de la realidad. Aunque claro, qué son los políticos sino otra oligarquía alejada de la realidad.

Hablando de lo cual, noticia de ElPais.com: “El suegro de Arenas cobró del fondo de los ERE por asesorar en Santana”. La noticia, que confirma hasta qué punto se extendió el mangoneo y la sinvergüenza en Andalucía con este asunto, tiene especial relevancia teniendo en cuenta las declaraciones de González-Pons hace apenas dos meses:

“El dinero se destinó a pagar jubilaciones millonarias a los amiguetes del PSOE andaluz (…) Sabemos que todas las personas beneficiadas son cercanas al PSOE”.

Qué grande. Por las hemerotecas muere el pez… pero nada tan grande hoy (quizá mañana, confiamos en González-Pons y su capacidad para el exabrupto) como la necedad negacionista y ciega en su máximo esplendor exhibida por el columnista Carlos Rodríguez Braun (La Razón). La oleada de denuncias y reclamaciones de hombres y mujeres que fueron objeto de robo y secuestro cuando eran bebés recién nacidos y que fueron entregados a otras familias en condiciones ilegales y oscuras ha destapado un escándalo sin precedentes. Pero para este señor, “no hubo ni un caso de niños robados”, cuando las denuncias privadas ya superan el medio millar. Pero sus argumentos para negar los casos se basan en la habitual conspiración judeo-masónica, siempre tan apañada, de los sectores de izquierda anticlericales y anticatólicos y razonamientos tan delirantes como este:

“Un momento, señora: ¿usted se dejaría robar un hijo? Es imposible”

Esto es como negar los asesinatos y la existencia de los asesinos con un “Un momento, señora: ¿usted se dejaría quitar la vida? ¡Es imposible!”. Y como no podía ser de otra manera, aludiendo a partos, madres y bebés, Rodríguez Braun aprovechó para meter con calzador el tema del aborto. Genio y figura.

Por último, los dos vídeos del día: El nuevo y tristemente impresionante testimonio gráfico del tsunami de Japón y la no menos espectacular colisión de dos aviones en el JFK de Nueva York. Ambos vídeos muestran cómo las grandes fuerzas arrollan todo lo que encuentran a su paso.

 

Nuevo público, nueva demanda… ¿nuevo modelo de negocio?

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Si algo ha traído la revolución de internet, además del libre movimiento de todo tipo de información, es una nueva forma de consumo y un nuevo tipo de consumidores. Forma parte del pasado la clientela que bailaba al son de los catálogos prefabricados y que veía o escuchaba lo que le llegaba a través de la radio y la televisión. Internet se convirtió en la ludoteca más grande y con mayor potencial jamás creada y los internautas en los consumidores con más posibilidades de elegir en qué gastar su tiempo y su dinero.

Hasta ahora, con el punto de mira puesto en la mal llamada piratería, la industria del entretenimiento no ha sabido adaptarse al nuevo consumidor ni a su nueva forma de consumir. No han entendido que gran parte de la razón de ser de las descargas son la inmediatez, la comodidad y la universalidad de la oferta. Los tímidos intentos que han surgido en estos años siempre fallaban en estos aspectos: cuando no eran más complejos, eran técnicamente engorrosos, y cuando no, los catálogos ofertados adolecían de poca variedad.

Sin embargo, las distintas industrias (música, cine, videojuegos…) han crecido en volumen de negocio de forma paralela a internet. El despegue en las dos últimas décadas del sector de los videojuegos es paralelo a internet, a pesar de ser éste quizás el mayor damnificado por la piratería. El cine igualmente ha vivido una progresión constante. La música, por su parte, si bien ha experimentado una disminución de la venta de soportes físicos (cd’s), ha crecido a la par en volumen de negocio por conciertos, ventas electrónicas (mp3’s oficiales en descarga previo pago, streaming…), licencias, royalties…

El consumidor de hoy elegirá entre dos vías para obtener lo que quiere teniendo en cuenta cuál se lo sirve más rápido y más cómodamente. Hay tendencia a comprar mp3’s en iTunes o similares en lugar de cd’s en la tienda física (pese a la menor calidad de sonido) porque el mp3 comprado se descarga directamente en el ordenador y se pasa sin mayor esfuerzo al reproductor portátil, mientras que el cd hay que sacarlo de la estantería, insertarlo en el ordenador, ripearlo, convertirlo… incluso hay quien comprando el cd, acude a bajar por internet los mp3’s para ahorrarse el proceso de conversión del audio cuando quiere llevarse a la calle la música recién adquirida.

Esta demanda, estos nuevos usos y costumbres, también han afectado al mundo del cine. En un escenario en el que las televisiones generalistas en abierto empobrecieron radicalmente su oferta cuando aparecieron las plataformas de pago (que acapararon la compra de contenidos), apareció internet, con el mayor catálogo disponible jamás. Por la contribución de usuarios desinteresados, que empleaban tiempo y esfuerzo personal, en la red se podían encontrar todo tipo de filmes e  incluso los subtítulos correspondientes en varios idiomas.

Hoy en día a los vendedores se les enseña que el comprador actual es experto, conoce lo que está comprando y tiene recursos de sobra para formarse un juicio crítico sobre el producto. Ya no se puede tratar al comprador como a alguien a quien se le da a elegir entre las únicas alternativas del mercado y forzarlo a elegir; hay que escuchar lo que el consumidor dice, observar sus hábitos y adecuarse a su demanda. Pero, siendo esto algo comúnmente aceptado en las escuelas de negocio, ¿por qué los gerifaltes de la industria del entretenimiento siguen mirando para otro lado y conservan una estrategia de ataque y defensa mediante la que insultan, persiguen y atacan al consumidor?

Lamentablemente, la compensación por las descargas se ha convertido en una variante de negocio más, en una nueva vía de ingreso de dinero. El discurso es doble porque hay un doble negocio; hoy la industria del ocio mueve más dinero que nunca por la venta directa o indirecta de sus productos, al tiempo que recauda cantidades ingentes por derechos de autor retribuidos a cuenta de la piratería. ¿Cómo renegar de este sistema? Si se elimina efectivamente el riesgo, se elimina al mismo tiempo una gran parte de la rentabilidad del producto.

En otros países con rentas per cápita mucho más alta que en España, como Estados Unidos, los productos de ocio están mucho más baratos y han surgido alternativas que cubren la demanda de comodidad, inmediatez y universalidad de los usuarios, de forma totalmente legal. Pero a pesar de gozar de éxito y popularidad, en España serían imposibles. Netflix es un servicio de contenidos a la carta, similar al iPlus, pero más versátil y con un catálogo brutalmente mayor, que cuesta… ¡unos 6 dólares al mes! Imaginen, traten de imaginar en España algo similar.En este país, además de tener un nivel de vida menor, nos lo cobran todo mucho más caro. En el Reino Unido los cd’s, los dvd’s, los blurays… rondan precios entre un 40% y un 50% más baratos que en España, de modo que muchos consumidores españoles hacen pedidos a aquél país vía internet y aun pagando costes de envío, ahorran dinero (y no olvidemos que la libra es más fuerte que el euro, lo que aumenta la diferencia entre lo que pagan los británicos y lo que pagamos nosotros).

El discurso de la industria tiene poco de esperanzador y las medidas que ha puesto en marcha un gobierno cómplice como el de Zapatero (aunque no nos engañemos, lo serán todos, independientemente de su signo) no ayudan en nada. Internet es una realidad como método de distribución, uso y disfrute universal y de versatilidad máxima. Mientras antes se encuentre la forma de sacarle partido, antes acabará esta guerra unilateral y estúpida contra el consumidor.

El miedo a lo desconocido (cuando ese desconocido es internet).

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En la famosa “cena del miedo” que compartió un editor de obras copyleft con los máximos defensores del copyright en España (con la “asustante” ministra Sinde a la cabeza), una fotógrafa dijo indignada: “¡La gente se pone mis fotos de perfil en Facebook!”. Lo cual me lleva a preguntarme: ¿Qué diferencia hay entre eso y poner las fotos de una revista en la carpeta del instituto, como hemos hecho todos los que alguna vez fuimos al instituto con una carpeta, incluida la fotógrafa de la cena? Daba igual si éramos jebis, aficionados al cómic, o quinceañeras suscritas al SuperPOP; todos lo hicimos, y aquello constituía hacer una “publicación indebida” de dicho material con su correspondiente copyright, puesto que el mero propósito de aquellas imágenes, al igual que ahora en Facebook,  era que hablaran por nosotros de nuestros gustos, nuestros ídolos o qué cosas nos parecían dignas de vestir la imagen que tienen los demás de nosotros (porque iba a poner de ejemplo cuando cogíamos las fotos y hacíamos diversos collage temáticos para colgarlos como pósteres en nuestras habitaciones, pero alguien argumentaría que esto sería un uso privado y no público de las imágenes). Nadie se tiraba de los pelos en aquellos tiempos y ahora tampoco. Pero el desconocimiento de lo que es internet, como bien indica el autor del artículo, genera en estos defensores del copyright un miedo voraz que los devora por dentro, especialmente por la parte del sentido común, hasta el punto de que una simple carpeta (o book… o Facebook ) se les antoja como sinónimo de acto hiriente.

Otra pregunta… ¿De verdad alguien se siente tan violentado como autor y siente tan violado su derecho intelectual por ver que Fulanita Fulanitez se ponga una foto suya como avatar de Facebook? ¿De verdad algo así tiene visos de ser una actividad comercial no remunerada para el autor? ¿De verdad pretenden estos autores controlar quién coge qué imagen para usarla en qué acción privada, cuando nunca nadie quiso ni supo cómo controlar quién recortaba qué foto de qué revista para usarla en qué carpeta o qué collage? Imaginen la cara de esta fotógrafa si mañana tocaran a su puerta los miembros de cualquier grupo musical de su juventud y le exigieran un pago religioso por el uso de sus imágenes en aquella carpeta del “insti”, con sus correspondientes intereses por los años transcurridos sin percibir la justa retribución… O mejor: Sintiendo la llamada de la fotografía, no sería de extrañar que en su pubertad llevara varias de su elección y gusto en la carpeta, a la vista de todos… ¿Se habría abstenido de ponerlas si alguien le hubiera dicho que las estaba “robando”?

Cada vez que conozco cosas como estas creo que estas personas, estos autores instalados en la élite y la fama, viven en un estado de paranoia constante, producto de morar en una realidad paralela en la que cualquier conciencia de qué es la gente común y cuáles son sus intenciones detrás de acciones tan inocuas como las descritas, debe de ser pura casualidad. Mientras, eso sí, aquello para lo que debería servir el derecho de propiedad intelectual, es decir, para proteger a los autores frente a violaciones de los derechos comerciales de su obra por parte de las empresas u otros creadores, queda en seria duda cuando se producen plagios, inspiraciones no declaradas, usos ilegítimos… que no tienen solución o se resuelven con más perjuicio que ganancia para el autor o autores originales, como describí en la entrada anterior del blog.