Modern Family

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‘Modern Family’ fue una de las grandes triunfadoras de la pasada sexagésima segunda edición de los premios Emmy, los Oscar de la televisión, tras una primera temporada de gran éxito de público y crítica en su emisión en Estados Unidos a través de la cadena ABC. Tras haber visto la primera temporada (y en los momentos en los que escribo, el primer capítulo de la segunda) no puedo sino unirme a la ola de seguidores de este producto estrella de la televisión norteamericana.

‘Modern Family’ tiene todos los elementos de las series cómicas americanas de situación: Humor, clave sentimental, grandes diálogos… pero añade un nuevo punto de vista, el falso documental, que se convierte en genuino hallazgo cuando permite la total complicidad del espectador con los personajes. El estilo mockumentary nos muestra la vida de tres familias relacionadas entre sí como si nosotros estuviésemos sosteniendo la cámara dentro del salón, la cocina o el dormitorio. Entre las escenas habituales de la vida de las tres familias se intercalan entrevistas a cámara de las parejas, padres, hijos… que no sólo se desnudan a sí mismos con encantadora ingenuidad, sino que ayudan también a desnudar a los demás miembros de la familia ante nuestra mirada. A menudo se confiesan a cámara y nos dicen cosas que no son capaces de decir a sus seres queridos, aumentando el nivel de comicidad de las situaciones.

Dentro de esta comicidad cómplice, otro de los grandes hallazgos de la serie son las miradas a cámara. Un recurso tan simple y tan inexplorado se convierte en un detalle fundamental de guión. En medio de una conversación, discusión o diálogo intrascendente, los personajes mirarán a cámara sin ser vistos en busca de nuestra comprensión, unas veces para que nos riamos con ellos de lo que hace otro familiar, otras veces para que les demos la razón, otras por pura necesidad de encontrar un reflejo de sí mismos al otro lado del ojo de la cámara. Y resulta imposible abstraerse: Cada personaje te atrapa más tarde o más temprano con sus propias armas de seducción.

Pero nada de esto funcionaría tan bien como funciona de no ser por el excelente trabajo de casting y la construcción de los personajes en el guión. Todos y cada uno de los actores implicados bordan su papel y es difícil destacar a alguno por encima de los demás, salvo por el ejercicio de oficio que llevan a cabo los más veteranos, mientras que los personajes son una perfecta mezcla de tópicos y mirada realista a la clase media-alta americana. Dentro de las tres familias no falta la pareja gay que acaba de adoptar una niña vietnamita, el matrimonio joven con hijos adolescentes y el jubilado adinerado que vive una segunda juventud con una explosiva hispana que tiene un hijo de una relación anterior. Todos los roles casan como el mecanismo de un reloj unos con otros.

Como puro divertimento, ‘Modern Family’ no pretende diseccionar a sus criaturas ni realizar ningún análisis social, pero termina dibujando una fantasía con visos de realidad de factura impecable y un resultado plenamente meritorio.

My Blueberry Nights

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Para aquellos que disfrutan, como yo, de las historias sencillas, urbanas, de personajes de a pie… directores como Wong Kar Wai son una bendición.

En ‘My Blueberry Nights’ el director chino dibuja a través de varias historias personales paralelas las dos caras de la misma moneda: La huída personal de un amor fracasado, la necesidad de evadirse de los reflejos, los ecos y los pensamientos referentes a ese fracaso, y por el otro lado, la esperanza de que se avive la llama de un amor imposible que el destino ha truncado mientras se permanece instalado en una rutina de transición a la espera del milagro. Un relato lleno de simbolismos que elevan el romantismo a la categoría de viaje espiritual a través de las grandes interpretaciones de Jude Law, Norah Jones (en su debut cinematográfico), David Strathairn, Rachel Waisz y Natalie Portman, que encuentran en este relato íntimo y minimalista el espacio ideal para desarrollar los personajes bajo la batuta del director chino.

La propuesta del film no deja lugar a equívoco: Se trata de un relato devotamente romántico. Una canción lenta, agridulce, sobre las atribulaciones que nos causa el sentimiento amoroso, sobre los encuentros y desencuentros del cerebro y el corazón, sobre las aspiraciones y los fracasos, la lucha por distinguir el sueño ilusorio de la fría realidad… y la voluntad de recuperarse a uno mismo para la fe en el amor.

El dueño de la cafetería (Jude Law), no ha dejado su cafetería porque cuando uno se pierde, permanecer en un mismo sitio facilita que te encuentren. Espera que el amor vuelva a buscarlo en medio de su rutina diaria, tira todas las noches un pastel entero de arándanos, “porque nadie lo elige, nadie pide jamás un pedazo”. Pero él lo sigue cocinando cada día, mientras guarda en su local un tarro con llaves perdidas o abandonadas de las que recuerda cada historia, con el convencimiento de que algún día alguien vendrá a buscarlas (“tirar estas llaves dejaría las puertas cerradas para siempre”). Elizabeth (Norah Jones) encuentra refugio en el pequeño y acogedor rincón de Manhattan en los primeros momentos de su desamparo, pero al poco decide emprender un viaje de expiación y redención que la lleva a cruzar caminos con otros náufragos a la deriva.

Por si la dirección y las interpretaciones no fueran suficiente atractivo, la excelente banda sonora está firmada por Ry Cooder, Ottis Redding, Gustavo Santaolalla y la propia Norah Jones, entre otros.

Turno de noche

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El programa ‘Comando actualidad’ de TVE realizó este reportaje sobre los trabajadores de la noche. En España trabajan de noche más de dos millones de personas, que a pesar de pertenecer a categorías laborales diversas, comparten una misma característica: Sufren el desgaste físico y psicológico de vivir al revés del mundo.

‘Turno de noche’ en TVE