Televisión

‘Misfits’: Los guionistas también tienen superpoderes

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Toda la vida pensando que misfit significaba algo así como espectro, fantasma, aparición… debido al tenebroso aspecto que lucían en el escenario los miembros de The Misfits, la legendaria banda americana de punk-rock… y no, significa algo que no encaja del todo, algo inadaptado… inadaptados sociales, por ejemplo.

En Misfits, el penúltimo descubrimiento en series llegadas desde las islas británicas, los protagonistas son precisamente eso, jóvenes inadaptados que se sienten desvinculados de la sociedad. Cada uno por sus motivos y circunstancias, y como consecuencia de personalidades problemáticas en uno u otro aspecto, terminan cometiendo algún acto socialmente reprobable o delictivo y son condenados a realizar trabajos de servicio comunitario. En estas circunstancias, acudiendo cada día a un centro y vistiéndose de reos urbanos, coincidirán y comenzarán a convivir de mala gana, lidiando con las chispas que surgirán del encuentro de caracteres y trasfondos privados igualmente difíciles y controvertidos.

Pero mientras tratan de llevar a cabo su trabajo y soportarse, no sin mala gana a toneladas, algo extraño ocurre: Un fenómeno meteorológico inaudito los toma por sorpresa, una especie de tormenta los engulle mientras tratan de ponerse a cubierto. Pierden la conciencia y al cabo de unas horas, cuando despiertan, comienzan a descubrir que tienen poderes especiales…

A partir de aquí, los superpoderes no dejan de ser un punto de partida sobre el que desarrollar guiones llenos de humor y situaciones cómicas. Siendo adolescentes difíciles y rebeldes, lo único que no podrían adquirir mágicamente sería madurez y sentido de la responsabilidad;  la escalada de situaciones absurdas a las que dará pie su aventura conjunta será impagable. Además los guiones son ambiciosos y transgresores y no se cortan un pelo a la hora de poner toda la carne en el asador con tal de lograr el objetivo de construir escenas y diálogos desternillantes y aventuras interesantes.

Al igual que otras muchas series británicas, Misfits se condensa en temporadas de seis capítulos (en esta segunda añadieron un especial navideño que suma una séptima emisión) por lo que los guiones funcionan como relojes suizos para proponer arcos argumentales y aventuras que van directas al grano y se desarrollan sin paja ni trampas al espectador. Los guionistas, además de parir líneas de diálogo y situaciones hilarantes y unos personajes con carácter propio, ofrecen un ejemplo de creatividad, originalidad y resolución que da sopa con ondas a los referentes más cercanos que podrían venir a la mente, como Lost o Heroes. Allí donde una se servía de continuos cliffhangers nunca resueltos para mantener al espectador en un estado de ansiedad continua ante un evento inexplicable y otra dejó caer en barrena a sus personajes ante la exasperación y posterior aburrimiento del público, Misfits plantea y resuelve cualquier giro de guión, cualquier idea brillante y original en uno o dos capítulos. Por eso, son especialmente disfrutables los episodios en los que se lanzan a jugar con conceptos tan frikis como los sucesos paranormales, los viajes en el tiempo, los personajes misteriosos, los juegos de apariencias, las intrigas, las relaciones… Misfits va directa al meollo del asunto y por suculenta que pueda parecer una idea como gancho para el público, los guionistas la despachan como si tuvieran la recámara repleta de ellas.

Escena memorable de Nathan haciendo el bobo, como siempre...

Todo esto tiene aun más mérito dado que Misfits es una serie hecha con cuatro duros. Se nota en los decorados, localizaciones, atrezzo, efectos… pero es tal el talento de sus autores que consiguen obviarlo por completo: Las interpretaciones son estupendas, seguramente tanto por la dirección de actores como por un casting perfecto (coger a un actor que encaje en el papel sin apenas construir el personaje); los guiones y los argumentos en los que se basan mantienen el interés constantemente y un brillante uso de la música, algo especialmente destacable, hacen que la serie se sostenga sin problemas sobre sus aparentes carencias.

Siendo el punto fuerte de la serie el humor, destaca por encima de todos el personaje de Nathan, un clown irreductible, grosero, impertinente y sin el más mínimo sentido del decoro o la vergüenza, que en todo momento usará el humor y el sarcasmo para afrontar lo que le ocurre a él y a sus compañeros, algo que por supuesto no hará sino generar más tensiones dado lo cargante que resulta para el resto de personajes. El actor que le da vida parece nacido sólo para ello y es la punta de lanza del reparto.

Por último me gustaría destacar una vez más la originalidad de Misfits. Una serie sobre superpoderes y sucesos inexplicables es como tratar de reinventar la rueda sin que se note. Si bien usan ideas ya existentes, utilizan el contexto humorístico para colar otras que en una ciencia-ficción seria no tendrían cabida, incluso ni siquiera en un cómic de superhéroes mínimamente “serio”. Y consiguen que cuelen, todas y cada una, dejándote con la carcajada y la sonrisilla tonta después de cada episodio, a gusto después de haber visto un producto hecho con dedicación, talento y honestidad creativa.

Misfits se encamina  a una tercera temporada. Esperemos que todo siga igual y que sus responsables no pierdan el norte, porque han bordado en dos temporadas lo que otros no logran llevar a cabo en cinco o seis.

‘Six Feet Under’: A dos metros sobre el resto.

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Imagen final de los excelentes títulos de crédito.

(texto libre de detalles importantes de la trama)

Six Feet Under es otra obra maestra de la televisión producida por la cadena americana HBO. Su principal responsable es Alan Ball, productor y escritor de éxitos cinematográficos como American Beauty (película en mi opinión sobrevalorada, aunque digna) y la reciente True Blood, también de HBO. A parte de unos guiones sobresalientes y una arriesgada apuesta por la honestidad más absoluta respecto a los personajes, Six Feet Under cuenta con las mejores actuaciones que han dado las carreras de todos y cada uno de sus actores.

Sacado de la Wikipedia:

Narra la vida cotidiana de la familia Fisher, que posee una empresa de funerales en Los Ángeles, Fisher & Sons. La serie aborda, sin morbo, con simplicidad y con mucho humor negro, la búsqueda interior del “yo verdadero” de los personajes. A lo largo de la serie cada uno irá buscando y encontrando su lugar en el mundo.

Su peculiar estructura narrativa se caracteriza por el fallecimiento de un personaje al comienzo de cada episodio, durante cuyo funeral en el domicilio de los protagonistas se desarrolla la trama principal, con la que el fallecido tendrá más o menos relación. Excepcionalmente algunos capítulos no siguen esta estructura.

La serie se sirve de diversos recursos tales como los flashbacks, los sueños, las fantasías, todo lo cual aporta un toque surrealista que, sin embargo, no desentona con la dinámica general de la serie, la cual combina perfectamente momentos de hilarante comedia con escenas de un profundo dramatismo. Como en muchas series, la aparición especial de estrellas de la televisión no rompe sin embargo con el realismo de la historia.

Tras ver el capítulo final, que daba fin a cinco temporadas, permanecí varias horas en estado de shock. Completé la serie en apenas unas semanas, durante las que estreché lazos emocionales con todos los personajes, a los que adoré y odié a partes iguales en algún momento de su historia (porque la honestidad de la serie impide presentarlos como animales simples, de una sola cara) y la catársis final terminó desatando en mí incluso las lágrimas. Acababa de asistir a una de las narraciones de personajes más profundas y mejor construídas que había visto jamás. Las entretelas psicológicas de los personajes son tan amplias, complejas y auténticas que es imposible no verse reflejado en ellos, y no sólo uno mismo, sino familiares, amigos…

Los hermanos David y Nate Fisher.

Aunque posiblemente nada de esto habría sido igual si Six Feet Under no hiciera gala de un trabajo artístico excepcional: Todos los actores están excelentes, pero sin duda se lleva la palma Michael C. Hall (a quien medio mundo reconoce como el asesino Dexter, papel posterior al de David Fisher). Su composición sobre el hijo homosexual retraído por su condición y atormentado por las elecciones que ha hecho en su vida es sencillamente abrumadora. No quiero dejar de mencionar a Frances Conroy, la madre Ruth Fisher, que interpreta a una ama de casa devastada por una larga depresión y que es incapaz de lidiar con sus frustraciones, inseguridades y apetitos sexuales; ni a Lauren Ambrose, que con su adolescente Claire Fisher hace un retrato complejo de los altibajos e inseguridades de la pubertad y lo difícil que es tanto atravesar esta época como tener la paciencia suficiente para lidiar con ella desde el punto de vista de los adultos que la rodean.

He escuchado opiniones como “esta serie me ha hecho reinterpretar ciertos aspectos de mi vida” y creo que no es exagerado. A mí me sirvió como terapia de grupo. La única razón que se me ocurre para no disfrutar de todo lo que ofrece Six Feet Under es la incapacidad del espectador para empatizar con los personajes. Aunque eso ya no es problema de esta excepcional obra.

‘No Ordinary Family’: Entre ‘Heroes’ y ‘Smallville’.

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El pasado día 28 de septiembre la cadena norteamericana ABC estrenó el piloto de ‘No Ordinary Family’, en pocas palabras, la historia de una familia normal y corriente que adquiere superpoderes.

Desde hace algunos años, gracias a los adelantos en el campo de los efectos especiales en el cine, la industria del entretenimiento ha venido apostando fuertemente por las historias basadas en superhéroes (X-Men, Spider-Man…) o seres sobrehumanos quizá no tan heróicos (El Increíble Hulk). Pero nadie esperaba que este salto se diera también a la pequeña pantalla hasta que el boom de la post-producción digital asaltó igualmente los estudios de televisión.

Sin que hubiera habido adaptaciones realmente meritorias de cómics a televisión, hace unos años la cadena NBC dió la campanada con un producto que bebía de todas las aguas comiqueras habidas y por haber, ‘Heroes’. En ella cualquier lector habituado a los cómics de superhéroes reconocería todo tipo de referencias (¿intencionadas?) y similitudes, no sólo en los personajes, sino también en las tramas y los arcos argumentales. Lamentablemente, tras la prometedora primera temporada, la cadena y los responsables de la serie o bien no supieron o no quisieron dar una continuidad lógica y progresiva a la serie y dejaron que las siguientes temporadas se perdieran a la deriva a la vez que el público se alejaba con indiferencia. Una de las cosas que más me enojaron como espectador fue que, además de seguir la mecánica de ‘Lost’ de añadir interrogantes sin resolver los previamente planteados, ‘Heroes’ era una serie de superhéroes en la que no se veían superpoderes. Quizás por ahorrar dinero, quizás por rentabilizar indefinidamente la exptectación del público… casi nunca se veían enfrentamientos, luchas, peleas, acción superheróica, en definitiva. Está bien que los superhéroes sean personajes con una florida vida interior y numerosas cuitas existenciales, y esto sirve perfectamente a la exaltación del género… pero todo cómic de superhéroes, incluso los más grandes ejemplos de literatura comiquera firmados por genios como Alan Moore, intercalan entre elaborados y sesudos diálogos la necesaria acción que identifica a los superhéroes como lo que son en ultimísimo término (baste un ejemplo: ‘Miracle-Man’, del citado Moore).

Esta tarde, mientras veía el capítulo piloto de ‘No Ordinary Family’, aplaudí la apuesta de sus productores y guionistas. No creo que me exceda al decir que sólo el piloto contiene más acción y despliegue visual de superpoderes que las dos primeras temporadas de la malograda ‘Heroes’. Por lo tanto, primer juego a su favor. Ahora vamos con el resto.

‘No Ordinary Family’, al igual que ‘Heroes’, es un obvio producto referencial. La familia Powells (leánlo en voz alta y estarán leyendo, casi, powers) es un cruce entre Los Cuatro Fantásticos y Los Increíbles; algún personaje secundario que aparece en la serie podría hacer plantearse a Marvel iniciar un litigio en los tribunales. Por tanto, tendremos que admitir que originalidad no hay mucha. En cuanto al dibujo de los personajes, la serie retrata a la familia Powells desde un punto de vista tradicionalista y cómico de forma que sea un producto televisivo familiar. No parece que las tramas vayan a estar encaminadas a la transgresión sino al más puro y ligero entretenimiento aventurero, y aunque difícilmente se puede juzgar más allá de un episodio piloto, que los productores y guionistas sean los mismos que han firmado ‘Smallville’ puede llevarnos a imaginar, dejando a parte el target preadolescente que lastraba a esta, que ‘No Ordinary Family’ va a ser un producto atractivo para los aficionados a los cómics de superhéroes pero no tan ambicioso ni transgresor como otros que se han podido disfrutar en los últimos años.

En cuanto al reparto, lo encabeza Michael Chiklis (si querías café, toma dos tazas… el que interpretó a Benjammin J. Grimm, La Cosa de Los Cuatro Fantásticos, en el cine), a los que los afortunados amantes de la extraordinaria ‘The Shield’ conocemos como Vic Mackey, y Julie Benz, vista en otro excelente producto televisivo: ‘Dexter’.

Ahora sólo falta esperar con los dedos cruzados que ‘No Ordinary Family’ haga honor a las expectativas.

Louis C.K., más allá del ‘stand-up comedy’.

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Hace años que siento fascinación por el humor americano y en especial los cómicos de stand-up. Este género es lo que aquí en España entendemos por ‘monólogos’, aunque por los ejemplos de los que disponemos (al menos los que yo he visto) estamos lejos de alcanzar la calidad de la escuela americana. Entre otras cosas, porque en nuestro país se suele dar la figura del actor o ‘personaje mediático’ que interpreta un guión ajeno, mientras que en Estados Unidos lo normal es que el humorista sea el creador de los textos, por lo que la personalidad y línea creativa de su actuación marcan una diferencia con el resto.

Como es natural, los cómicos de stand-up americanos beben y forman parte de la tradición y cultura americanas del espectáculo, mientras que en España la presencia de esta disciplina es prácticamente inexistente. Que yo sepa no abundan los clubes de actuaciones en vivo ni hay en las televisiones programas de humor con la solera y veteranía de Saturday Night Live (olvidemos la vergonzosa adaptación que perpetró Cuatro), los late-show conducidos por Johnny Carson, David Letterman, Conan O’Brien, Jay Lenno… Programas que han sido escuela de arte y oficio para un incontable número de actores y cómicos que todos conocemos (y de muchos de los cuales ni siquiera sospechamos que se dedicaran en algún momento a ello). Ha habido imitaciones de distinta índole y suerte en nuestro país. Sin duda, la más digna y exitosa, aunque inevitablemente autóctona, Buenafuente; pero nada especialmente significativo ni clasificable en la misma liga.

Pues bien: Mi último descubrimiento dentro de este género ha sido Louis C.K.

Louis C.K. es un excelente stand-up comedian de ‘humor observacional’. Su estilo está predominado por una especie de realismo entre el pesimismo y la estupefacción basado en experiencias personales que expone a través de un lenguaje rotundo y sin tapujos (lo que un amigo mío llama “brutal truth”) y una perfil de eterno peter pan. Son habituales en sus rutinas la influencia que tuvo sobre él la enseñanza del catolicismo cuando era niño, la paternidad, las relaciones con las mujeres, cumplir edad, el matrimonio, el divorcio, el sexo… Pero más allá de lo ingeniosos que sean sus chistes o reflexiones (o como lo llaman en el argot de la profesión, bits), lo que realmente sorprende es la autenticidad, la verdad existencial que predomina en su discurso. Escuchar a Louis C.K. no es tanto escuchar una colección de chistes inconexos de un graciosete como una experiencia de vida, como escuchar a ese amigo simpático, cínico, experimentado aunque eterno adolescente, que siempre tiene un punto de vista interesante, más serio de lo que pudiera parecer en un primer momento.

Pero Louis C.K. no sólo se dedica al stand-up (y aquí es donde viene lo que me ha llevado a escribir esta entrada): El señor C.K. es un tipo con inquietudes creativas. Además de haber escrito guiones para los late show en los que ha participado, ha creado, producido, escrito y protagonizado dos series para televisión. En 2006, para HBO creó Luckie Louie, una sitcom grabada con público en plató (a pesar de ser una práctica habitual en Estados Unidos, era la primera vez que se hacía bajo las siglas de la HBO) que a diferencia de las sitcom clásicas, no tiene risas enlatadas y hace gala de una singular austeridad en la puesta en escena.

A lo largo de los trece capítulos de su única temporada asistimos al agridulce a la vez que descacharrante delirio diario de un matrimonio de clase obrera con una hija de cuatro años y las relaciones con sus amigos y vecinos. En la serie a pesar de dibujar la vida familiar de los personajes no tiene cabida el sentimentalismo de grano gordo que suele verse en muchas comedias americanas, ni mucho menos la moralina o los típicos valores tradicionales tan del gusto de gran público americano. Louie C.K. en ese aspecto no defrauda, pero siendo Lucky Louie una sitcom, estaba limitada desde un principio a las inquietudes narrativas de su creador. Tras tres años en los que se dedicó a colaboraciones en televisión con Chris Rock o David Letterman entre otros, el canal FX dio luz verde a su proyecto Louie.

Viniendo de ver la comedia pura y dura de Lucky Louie no me esperaba el tono de crónica urbana de las miserias humanas modernas que Louis C.K. imprime en Louie y la sorpresa fue mayúscula y tremendamente satisfactoria. La primera diferencia con el anterior trabajo es que en esta ocasión Louis C.K. no interpreta un papel ajeno a través del cual traslucir su personalidad (en Lucky Louie era un mecánico), sino que se interpreta a sí mismo. El protagonista de Louie es Louis C.K. y la serie no es una ficción al uso sino que roza el documental de ficción. El tono es realista y tragicómico.  La acción se desarrolla enteramente en localizaciones (lo contrario a los platós de televisión) como el apartamento, el club en el que actúa, locales de ocio, restaurantes, calles, colegios… y la narración describe el día a día de Louie como comediante, padre, hijo, hombre divorciado de mediana edad… A través de escenas compartidas con amigos, familia y compañeros de trabajo,  en cada capítulo se abordan reflexiones sobre la amistad, el sexo, el amor, las relaciones con las mujeres, los prejuicios, la política americana, la violencia juvenil, las relaciones familiares… A pesar de los momentos cómicos hay escenas de cruda realidad humana perfectamente guionizados e interpretados tanto por Louis C.K. como por los secundarios que lo respaldan.

Entre todos los capítulos me quedaría sin duda con dos que me impactaron especialmente (sin destripes): El del adolescente violento y el del flashback sobre la experiencia de asistencia a la Catequesis de la infancia de Louis C.K., sencillamente magistrales.

Ahora mismo de Louie puede disfrutarse una primera temporada de trece capítulos, aunque desconozco si FX tiene firmada una continuación.

Modern Family

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‘Modern Family’ fue una de las grandes triunfadoras de la pasada sexagésima segunda edición de los premios Emmy, los Oscar de la televisión, tras una primera temporada de gran éxito de público y crítica en su emisión en Estados Unidos a través de la cadena ABC. Tras haber visto la primera temporada (y en los momentos en los que escribo, el primer capítulo de la segunda) no puedo sino unirme a la ola de seguidores de este producto estrella de la televisión norteamericana.

‘Modern Family’ tiene todos los elementos de las series cómicas americanas de situación: Humor, clave sentimental, grandes diálogos… pero añade un nuevo punto de vista, el falso documental, que se convierte en genuino hallazgo cuando permite la total complicidad del espectador con los personajes. El estilo mockumentary nos muestra la vida de tres familias relacionadas entre sí como si nosotros estuviésemos sosteniendo la cámara dentro del salón, la cocina o el dormitorio. Entre las escenas habituales de la vida de las tres familias se intercalan entrevistas a cámara de las parejas, padres, hijos… que no sólo se desnudan a sí mismos con encantadora ingenuidad, sino que ayudan también a desnudar a los demás miembros de la familia ante nuestra mirada. A menudo se confiesan a cámara y nos dicen cosas que no son capaces de decir a sus seres queridos, aumentando el nivel de comicidad de las situaciones.

Dentro de esta comicidad cómplice, otro de los grandes hallazgos de la serie son las miradas a cámara. Un recurso tan simple y tan inexplorado se convierte en un detalle fundamental de guión. En medio de una conversación, discusión o diálogo intrascendente, los personajes mirarán a cámara sin ser vistos en busca de nuestra comprensión, unas veces para que nos riamos con ellos de lo que hace otro familiar, otras veces para que les demos la razón, otras por pura necesidad de encontrar un reflejo de sí mismos al otro lado del ojo de la cámara. Y resulta imposible abstraerse: Cada personaje te atrapa más tarde o más temprano con sus propias armas de seducción.

Pero nada de esto funcionaría tan bien como funciona de no ser por el excelente trabajo de casting y la construcción de los personajes en el guión. Todos y cada uno de los actores implicados bordan su papel y es difícil destacar a alguno por encima de los demás, salvo por el ejercicio de oficio que llevan a cabo los más veteranos, mientras que los personajes son una perfecta mezcla de tópicos y mirada realista a la clase media-alta americana. Dentro de las tres familias no falta la pareja gay que acaba de adoptar una niña vietnamita, el matrimonio joven con hijos adolescentes y el jubilado adinerado que vive una segunda juventud con una explosiva hispana que tiene un hijo de una relación anterior. Todos los roles casan como el mecanismo de un reloj unos con otros.

Como puro divertimento, ‘Modern Family’ no pretende diseccionar a sus criaturas ni realizar ningún análisis social, pero termina dibujando una fantasía con visos de realidad de factura impecable y un resultado plenamente meritorio.