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Por qué no pagaría por descargas directas.

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Ayer escribí una pequeña reflexión acerca de la nueva modalidad de pago de Spotify, titulada Por qué no pagaría por Spotify. Algunos amigos me comentaron en Facebook que, estando de acuerdo conmigo en lo respectivo a Spotify, prefieren pagar por servicios de descarga directa como Megaupload o Rapidshare, por encontrar una mayor versatilidad en estos servicios de descarga de archivos. Yo, en mi caso, nunca he visto con buenos ojos estas suscripciones.

No es cuestión de volver sobre las reflexiones que me hacen estar de acuerdo con la libre descarga de contenidos y la polémica de la mal llamada “piratería”, porque sería embarrar esta reflexión. Básicamente: Estoy a favor. Partiendo de este punto, siempre he entendido que las descargas se justifican en una cierta honestidad por parte del consumidor, que:

1- Se baja aquello que no puede comprar;

2- Compra un número determinado de artículos, dependiendo de su economía;

3- Consume más de lo que podría comprar aunque quisiera.

Internet ofrece una versatilidad universal. No hay oferta comercial que compita con ella. La comunidad de usuarios dedicada a transmitir y compartir contenidos, ya sean de pago o gratuitos, es una marea imparable y procesa una carga de trabajo que, de forma similar a la de una colonia de termitas, supera con creces la labor de entidades mayores y más poderosas sobre el papel. Ninguna compañía tiene la capacidad de realizar tantos lanzamientos ni de cubrir un catálogo tan inmenso como la scene y es habitual encontrar en internet aquello que no se puede encontrar en ningún otro sitio. Pero seamos justos: La scene consiste en su gran mayoría en usuarios desinteresados que no ven un duro por su trabajo porque los que generan el contenido (los creadores) tampoco lo ven y los que disfrutan de la labor de unos y otros (los consumidores) no lo tienen. Es una forma digna de operar. Y resulta tremendamente irónico (y triste) que, en el momento en que los usuarios deciden pagar por un contenido, el que reciba el dinero no sea el creador del contenido, sino un tercer agente que se aprovecha de la coyuntura y que en ningún momento, a diferencia de Spotify, remunera a los creadores o gestores de los derechos comerciales.

Las compañías de hosting de archivos realizan un servicio que se adapta a una demanda, sí. Pero ese servicio tiene alternativas, aunque haya que currárselas un poco, empezando por la descarga gratuita que ellos mismos ofrecen, con el único precio de tener un poco de paciencia; o los métodos de descarga p2p que ofrecen los mismos contenidos sin pagar a nadie: Bittorrent, eMule… pero de nuevo, basta con tomarse una mínima molestia de buscar el archivo y esperar a que se descargue. No es un esfuerzo mayor del que hicieron quienes permitieron que el contenido llegara hasta nosotros.

Siempre he pensado que las descargas en internet funcionaban éticamente porque en la ecuación no había un factor dinerario. Una vez introducido, creo que herimos gravemente la base de nuestros argumentos.

Por qué no pagaría por Spotify

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Spotify, que no hace muchos meses anunciaba su crecimiento en número de usuarios y volumen de negocio, anunció hace poco que limitará el uso y disfrute de los usuarios free y que parte de los servicios que ofrecía, como la escucha ilimitada de canciones a cambio de forzosa publicidad, pasarán a ser parte de la oferta de pago. Ahora, un usuario de la modalidad gratuita sólo podrá escuchar cada canción un máximo de cinco veces, entre otras limitaciones. Las reacciones en internet no se han hecho esperar y se está formando una bola de nieve de acusaciones y reproches.

En primer lugar, me resulta curioso que la industria por un lado nos machaque con los productos que quiere vender, obligándonos en la práctica a escuchar decenas y hasta cientos de veces canciones que no nos gustan (quién no ha terminado hasta los huevos del último fenómeno comercial de la radio y la televisión, y en el mismo servicio Spotify), cuando por otro lado impone el límite de escuchas en su cliente de streaming. La música es suya y se la follan cuando quieren, por supuesto, pero eso no quita que no podamos quejarnos del sinsentido, que no encierra otra cosa que dirigir las ventas.

Por otro lado, no me gusta Spotify porque no me parece un catálogo perfecto, ni siquiera rayano en la perfección (que ya sé que es imposible, pero hay grados de acercamiento, sobre todo basados en la voluntad). De las veces que lo he usado, he observado discografías incompletas, preeminencia de recopilatorios y grandes ausencias tanto de artistas consagrados que no han cedido sus derechos (Metallica, Led Zeppelin…) como de otros artistas que son demasiado “no famosos” (The Steepwater Band, Five Horse Johnson…) para estar en las listas. Pagar para tener en cualquier parte la música que ya tengo en cualquier parte tras pasar mi colección de CD’s originales a un magnífico mp3 de Sony me parece una tontería y un gasto inútil. Si quiero algo como Spotify es para escuchar bandas y discos nuevos que no tengo y no conozco, pero de los que he leído alguna referencia en algún momento en algún sitio, y que con un Spotify al lado, resultaría fácil explorar. Pero mi decepción ha sido mayúscula en numerosas ocasiones.

En tercer lugar… ya hablé en una ocasión sobre el acuciante problema que existe en la Industria Musical con la obsesión por el volumen. La conocida como Loudness War afecta también a Spotify, y dejando a un lado la baja calidad de los mp3 que sirve al cliente (que mejora pagando, obviamente) para alguien con el oído mínimamente entrenado se nota que las canciones están amplificadas a niveles que, como dirían en La loca guerra de las Galaxias, son absurdos. Entiendo que esto, para el común de los usuarios, sea una queja supérflua de friki musical, pero es el servicio el que se tiene que adaptar al usuario y no al revés. Yo cuando paso la música a mi mp3, normalizo todas las canciones aplicando valores de ReplayGain. Spotify utiliza la convencional “normalización”, que no sólo no me convence, sino que resulta en un aumento mayor del volumen. Y a mí entre una cosa y otra se me atraganta la oferta de esta compañía.

Entiendo que a las sucesivas críticas que está generando la decisión de Spotify también se sucedan voces de reproche hacia los usuarios que ponen el grito en el cielo. Ejemplos gráficos dan en el clavo:

…Y no dejan de tener cierta razón. A la gente le cuesta pagar. Pero también tengamos en cuenta, olvidando la picaresca y la caradura española, que el mercado español es un mercado acostumbrado el abuso. A los consumidores españoles se nos suele cobrar lo mismo más caro y con peor servicio, y se nos suele cobrar por todo, al mismo tiempo que somos de los países con renta per cápita más baja de Europa. Pero no sólo eso: En los países donde tienen mayor poder adquisitivo, tanto las telecomunicaciones como los contenidos de ocio suelen estar mucho más baratos, tanto que hasta sale muy a cuenta comprar por internet, gastos de envío incluídos, ahorrando a veces hasta la mitad del dinero. Por tanto, veo en parte lógico que la gente se cabree. 5€ no son nada, dicen algunos, pero para muchos, son cinco euros más añadidos a un gasto de por sí desproporcionado en la tarifa de datos del móvil y la tarifa de internet del fijo (ambas necesarias para disfrutar Spotify), las entradas abusivas del cine, el precio de la gasolina, el recibo de la luz, la inflación… Y suena a la típica chufla para sacar dinero que de repente te digan que lo que estabas usando no lo vas a poder usar y que vas a tener que pagar.

Nuevo público, nueva demanda… ¿nuevo modelo de negocio?

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Si algo ha traído la revolución de internet, además del libre movimiento de todo tipo de información, es una nueva forma de consumo y un nuevo tipo de consumidores. Forma parte del pasado la clientela que bailaba al son de los catálogos prefabricados y que veía o escuchaba lo que le llegaba a través de la radio y la televisión. Internet se convirtió en la ludoteca más grande y con mayor potencial jamás creada y los internautas en los consumidores con más posibilidades de elegir en qué gastar su tiempo y su dinero.

Hasta ahora, con el punto de mira puesto en la mal llamada piratería, la industria del entretenimiento no ha sabido adaptarse al nuevo consumidor ni a su nueva forma de consumir. No han entendido que gran parte de la razón de ser de las descargas son la inmediatez, la comodidad y la universalidad de la oferta. Los tímidos intentos que han surgido en estos años siempre fallaban en estos aspectos: cuando no eran más complejos, eran técnicamente engorrosos, y cuando no, los catálogos ofertados adolecían de poca variedad.

Sin embargo, las distintas industrias (música, cine, videojuegos…) han crecido en volumen de negocio de forma paralela a internet. El despegue en las dos últimas décadas del sector de los videojuegos es paralelo a internet, a pesar de ser éste quizás el mayor damnificado por la piratería. El cine igualmente ha vivido una progresión constante. La música, por su parte, si bien ha experimentado una disminución de la venta de soportes físicos (cd’s), ha crecido a la par en volumen de negocio por conciertos, ventas electrónicas (mp3’s oficiales en descarga previo pago, streaming…), licencias, royalties…

El consumidor de hoy elegirá entre dos vías para obtener lo que quiere teniendo en cuenta cuál se lo sirve más rápido y más cómodamente. Hay tendencia a comprar mp3’s en iTunes o similares en lugar de cd’s en la tienda física (pese a la menor calidad de sonido) porque el mp3 comprado se descarga directamente en el ordenador y se pasa sin mayor esfuerzo al reproductor portátil, mientras que el cd hay que sacarlo de la estantería, insertarlo en el ordenador, ripearlo, convertirlo… incluso hay quien comprando el cd, acude a bajar por internet los mp3’s para ahorrarse el proceso de conversión del audio cuando quiere llevarse a la calle la música recién adquirida.

Esta demanda, estos nuevos usos y costumbres, también han afectado al mundo del cine. En un escenario en el que las televisiones generalistas en abierto empobrecieron radicalmente su oferta cuando aparecieron las plataformas de pago (que acapararon la compra de contenidos), apareció internet, con el mayor catálogo disponible jamás. Por la contribución de usuarios desinteresados, que empleaban tiempo y esfuerzo personal, en la red se podían encontrar todo tipo de filmes e  incluso los subtítulos correspondientes en varios idiomas.

Hoy en día a los vendedores se les enseña que el comprador actual es experto, conoce lo que está comprando y tiene recursos de sobra para formarse un juicio crítico sobre el producto. Ya no se puede tratar al comprador como a alguien a quien se le da a elegir entre las únicas alternativas del mercado y forzarlo a elegir; hay que escuchar lo que el consumidor dice, observar sus hábitos y adecuarse a su demanda. Pero, siendo esto algo comúnmente aceptado en las escuelas de negocio, ¿por qué los gerifaltes de la industria del entretenimiento siguen mirando para otro lado y conservan una estrategia de ataque y defensa mediante la que insultan, persiguen y atacan al consumidor?

Lamentablemente, la compensación por las descargas se ha convertido en una variante de negocio más, en una nueva vía de ingreso de dinero. El discurso es doble porque hay un doble negocio; hoy la industria del ocio mueve más dinero que nunca por la venta directa o indirecta de sus productos, al tiempo que recauda cantidades ingentes por derechos de autor retribuidos a cuenta de la piratería. ¿Cómo renegar de este sistema? Si se elimina efectivamente el riesgo, se elimina al mismo tiempo una gran parte de la rentabilidad del producto.

En otros países con rentas per cápita mucho más alta que en España, como Estados Unidos, los productos de ocio están mucho más baratos y han surgido alternativas que cubren la demanda de comodidad, inmediatez y universalidad de los usuarios, de forma totalmente legal. Pero a pesar de gozar de éxito y popularidad, en España serían imposibles. Netflix es un servicio de contenidos a la carta, similar al iPlus, pero más versátil y con un catálogo brutalmente mayor, que cuesta… ¡unos 6 dólares al mes! Imaginen, traten de imaginar en España algo similar.En este país, además de tener un nivel de vida menor, nos lo cobran todo mucho más caro. En el Reino Unido los cd’s, los dvd’s, los blurays… rondan precios entre un 40% y un 50% más baratos que en España, de modo que muchos consumidores españoles hacen pedidos a aquél país vía internet y aun pagando costes de envío, ahorran dinero (y no olvidemos que la libra es más fuerte que el euro, lo que aumenta la diferencia entre lo que pagan los británicos y lo que pagamos nosotros).

El discurso de la industria tiene poco de esperanzador y las medidas que ha puesto en marcha un gobierno cómplice como el de Zapatero (aunque no nos engañemos, lo serán todos, independientemente de su signo) no ayudan en nada. Internet es una realidad como método de distribución, uso y disfrute universal y de versatilidad máxima. Mientras antes se encuentre la forma de sacarle partido, antes acabará esta guerra unilateral y estúpida contra el consumidor.

El siglo pasado al rescate

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Recientemente, en Google ocurrió algún tipo de fenómeno técnico que conllevó la pérdida de unas 150.000 cuentas de Gmail, el popular servicio de corre on-line del gigante informático.

Durante días, entre la alarma de los usuarios y el alboroto de la comunidad digital, Google trató de transmitir calma y aseguró que las cuentas serían recuperadas; aparte, por supuesto, de incidir una y otra vez en la insignificancia del fallo dado el volumen de clientes a los que presta servicio. Pero lo que todo el mundo se preguntaba era cuándo y cómo solucionaría Google el error; cuál sería la tecnología punta que la compañía americana utilizaría para recuperar los datos. Yo mismo, que tengo varias cuentas de Gmail (ninguna afectada, por suerte), estaba expectante.

Pues bien, nos enteramos hoy de que Google ha recurrido a cintas magnéticas. Sí, tal como suena: Cintas, la misma tecnología (imagino que con algunas diferencias menores) que las cintas de cassette, los grabadores de estudio, el VHS y el Betamax, etcétera… El soporte magnético “de toda la vida”, al menos de la vida de los que nacimos en el siglo XX y que, por mucho que nos adaptemos a las nuevas tecnologías, nunca olvidaremos. Se ve que en Google tampoco las han olvidado y que, aparte del cloud computing, también saben hacer uso de herramientas de las que no te fallan nunca.

La reparación de las cuentas, dicen, “llevará horas, no milisegundos”. Bienvenidos a la era no tan digital…

ReplayGain: Por un volumen uniforme

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No todas las grabaciones de audio suenan al mismo volumen (a pesar de que la industria discográfica esté empeñada en ello con resultados desastrosos) y muchas veces, al escuchar nuestra colección de mp3, o bien nos llevamos algún sobresalto o bien tenemos que estar pendientes del control de volumen para poder escuchar canciones que suenan más bajas que el resto. Esto es un incordio cuando menos y un verdadero problema en determinadas situaciones, por ejemplo si estamos conduciendo o concentrados haciendo ejercicio.

Muchos programas para pasar música al ordenador o el reproductor portátil traen la opción de “normalizar” las pistas de audio. Esto significa modificar la amplitud de la señal (la canción, vamos) hasta un tope concreto. Si se hace mal, por ejemplo aumentando en exceso la señal, se produce el efecto llamado clipping o recorte, que viene a ser, para hacernos una idea, como cuando en una cadena de sonido aumentamos el volumen más allá de la capacidad de los altavoces y se produce un carraspeo o raspado desagradable al oído. En la cadena siempre podremos devolver el volumen a un nivel adecuado, pero si la distorsión es producto de modificar el audio en sí mismo, no hay vuelta atrás.

Hace unos años el problema de dar uniformidad al volumen se enfocó desde otro punto: En vez de modificar la amplitud de la señal, había que modificar el volúmen de salida de forma adecuada a cada señal. Es decir, lo que hacemos nosotros de forma manual con el control de volumen, pero de forma automática y respecto a una medición hecha sobre todas las señales a reproducir. Este proceso no modifica la señal de audio, si bien añade una información al archivo para que el reproductor sepa a qué volumen debe reproducir dicho audio. En una lista de reproducción de muchas fuentes distintas, todas sonarán al mismo volumen y la escucha será más placentera, con las garantías de que no hemos modificado el rango dinámico de las canciones ni estamos distorsionando el sonido original.

ReplayGain viene especialmente bien cuando se trata de música comprimida con pérdida. ¿Por qué? Porque la música comprimida con pérdida no se puede normalizar sin perder aún más información sonora, y por tanto, más calidad. Un mp3, un wma o un ogg, formatos lossy en terminología  anglosajona, descartan información sonora a la hora de ahorrar espacio. Esa información descartada (perdida y no recuperable) lógicamente se deja notar a la hora de tratar dicho audio; pero además, si se trata y se pretende seguir usando en formato comprimido, habrá de pasar de nuevo por un proceso de descarte y pérdida de información (recompresión) por el cual deslavazamos una tercera vez el sonido (compresión-normalización-recompresión). En el caso de usar ReplayGain, el audio del mp3 original no se altera ni modifica en ningún momento: Simplemente le decimos al reproductor a qué volumen tiene que reproducirlo.

ReplayGain puede funcionar en modo “álbum” o en modo “pista”. Cuando escaneamos archivos de audio con ReplayGain, este analiza la amplitud máxima (peak) tanto de la pista en sí como la amplitud media del conjunto de pistas, en caso de que estemos procesando un álbum completo. A continuación nos dará dos valores recomendados, uno para la pista y otra para el álbum. Si le decimos al reproductor que reproduzca la música según los valores generales del álbum, aplicará un valor uniforme y si lo hacemos en cambio por pistas, aplicará valores particulares para cada archivo. La opción recomendable es analizar cada álbum en conjunto y reproducir en modo álbum para que el resultado sea proporcional. Si tenemos una carpeta con un batiburrillo de archivos de aquí y de allá, es mejor no analizar en modo álbum porque no tiene sentido sacar la media de elementos tan dispares, por lo que analizaremos en modo pista en su lugar.

Cada vez hay más reproductores compatibles con ReplayGain. Mi preferido es Foobar, no sólo por el ReplayGain sino por otras funcionalidades como las herramientas de conversión. También se puede personalizar la interfaz hasta convertirla en una obra de arte, aunque yo prefiero la pantalla básica y no he probado nunca a cambiarlo. El proceso que sigo normalmente es: Añadir a la lista el álbum y analizar los archivos con ReplayGain; a continuación se guardan los valores y listo. Mi reproductor de mp3 no es compatible con RG, como casi ninguno que yo sepa, por lo que a la hora de pasarle música, lo que hago es comprimir a mp3 usando la info de RG como modificador, desde el mismo Foobar. En este proceso sí estaremos modificando el audio al igual que al normalizar,  sin embargo la diferencia estriba en que ReplayGain propone un análisis de volumen conveniente a la percepción del oído, y no un simple cálculo de máximos como la función de normalización. Como resultado, escucho toda la música en mi mp3 sin tener que tocar ni una sola vez el control de volúmen, sin importar que tras una pista de heavy metal venga una de jazz y luego una banda sonora apacible.

La “loudness war”: La guerra del volúmen.

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Hace unos pocos años que tuve conocimiento de este fenómeno comercial (porque no es otra cosa, porque es el triunfo de lo comercial sobre lo musical) y fue una de las razones por las que estuve sin comprar discos durante una época, decepcionado con el estado al que había llegado el CD como soporte musical: Además de tener una carátula pequeña, aportar cada vez menos valor añadido (ya ni buenos libretos traen) y haber sido superado tecnológicamente varias veces (SuperCD, DVDAudio…) ahora me enteraba de que las grabaciones más modernas, y lo que es peor, la revisión de los clásicos, eran destrozos  desde el punto de partida: el masterizado.

Pero antes de seguir, acudamos a la Wikipedia para entender mejor el fenómeno:

Fuente: Wikipedia

La expresión Guerra del volumen (del inglés Loudness war) se refiere a la tendencia de la industria musical a grabar, producir y emitir música elevando progresivamente el volumen todos los años creando un sonido que destaca por sobre los del año anterior.

 

La tendencia de incrementar el volumen se puede apreciar en esta secuencia de onda de la canción “Something” de The Beatles masterizado en CD cuatro veces desde 1983.

Este fenómeno puede ser observado en muchas áreas de la industria musical, particularmente en la radiodifusión y discos lanzados en CD y DVD. En el caso de los CD, se deriva del deseo de los productores y artistas de crear CD que suenen lo más fuerte posible compitiendo con otros artistas o discográficas.

Sin embargo, como la amplitud máxima de un CD llega hasta un nivel establecido, el volumen general sólo puede ser incrementado reduciendo el rango dinámico. Esto se hace incrementando el volumen de las partes bajas, mientras que los picos más altos son destruidos o severamente disminuidos. En ciertos casos extremos de compresión se introduce distorsión o recorte de la forma de la onda de la grabación.

Cuando se compara dos grabaciones con distinto volumen, se tiende a pensar que aquella más fuerte se escucha mejor. Esto puede ser atribuido a la forma en que el oído humano responde a distintos niveles de Presión sonora: nuestra habilidad para responder a la frecuencia cambia de acuerdo a diferencias en el nivel de presión sonora (SPL, por sus siglas en inglés): cuanto mayor es el SPL, mayor es el número de frecuencias bajas y altas que percibimos. La música con más volumen es más fácil de escuchar y entender en ambientes ruidosos como un automóvil, tren, o una calle concurrida. El volumen alto también puede producir sonido subjetivamente bueno en grabaciones puestas en reproductores de baja calidad, como audio web, Radio AM, Televisión mono y teléfonos. Debido a la competencia de oyentes de las radios y la de clientes entre estudios de grabación, se produce una “Guerra armamentista” del volumen. Además, artistas y gente de A&R’s suelen buscar que sus CD masterizados alcancen el volumen de los últimos discos contemporáneos.

Tras la explicación de la Wikipedia, un vídeo ilustrativo. Está en inglés pero se entiende por el gráfico y al escuchar los samples:

En 2008 estas prácticas llegaron al conocimiento del público por un casual. Metallica acababa de grabar su álbum Death Magnetic, cuyas canciones serían incluídas en una de las ediciones del videojuego Guitar Hero. La discográfica envió el material a los creadores del juego antes de que el disco pasara a la masterización definitiva, donde se destruiría el rango dinámico a base de aumentar de forma artificial el volumen hasta el límite. Cuando salió el disco, muchos aficionados que habían pasado días jugando al videojuego y tenían el oído habituado se dieron cuenta de que las canciones sonaban en él mucho mejor, con un sonido más definido y rico, mientras que en el CD el sonido era decepcionante. Esto se debía a que los creadores del juego no tocaron el audio, que no había sido “destruído” aún por la discográfica al igual que en el CD puesto a la venta posteriormente.

En internet proliferaron los ripeos del audio del juego y la polémica no tardó en llegar a la banda, que se defendió aludiendo a la producción también polémica (aunque por diferentes motivos) del álbum …And Justice For All. Sin embargo, poco tenía que ver un caso con otro y muchos aficionados, entre los que me cuento, jamás hemos comprado el disco de Metallica y escuchamos las canciones extraídas del videojuego.

Lamentablemente esta práctica no tiene visos de desaparecer, y es más, incluso tiene connotaciones negativas de forma retrospectiva. Como se mencionaba al principio en la Wikipedia, las diferentes reediciones y remasterizaciones de discos clásicos han ido aumentando el volumen y destruyendo el rango dinámico de las grabaciones. Hoy en día muchos discos que claman haber pasado por un proceso de limpieza de sonido en realidad simplemente han sufrido un aumento escarnioso del volumen.

No hay nada que los consumidores podamos hacer al respecto, ya que el sonido de un CD no es modificable. Cuando hacemos uso de las opciones de “normalización” que traen algunos programas para pasar música al ordenador o dispositivo MP3, simplemente estamos igualando el volúmen entre diferentes canciones, pero no estamos modificando los sonidos que contiene dicho volúmen. Además, la “normalización” tiene el inconveniente de que modifica el volumen en la fuente, y no en el momento de la reproducción, por lo que algunos de los cambios conllevan pérdida de calidad de muestreo.

La única alternativa que tenemos para una escucha plácida es hacer uso del Replay Gain en reproductores compatibles (muchos programas de ordenador, pero pocos reproductores portátiles y prácticamente ningún dispositivo de coche/Hi-Fi). En una próxima entrada abordaré el uso de Replay Gain y lo que podemos hacer para que todos nuestros discos suenen al mismo nivel sin perjudicar aun más el sonido de nuestros cds originales o música loseless bajada de internet.

Para leer un poco más del tema, por ejemplo la opinión de una banda de rock sobre el asunto:

Stormy Mondays

Análisis del fenómeno (en inglés)

AudioTool: ¡Conviértete en un músico!

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Acabo de descubrir una página sensacional:  www.audiotool.com

En ella podemos crear música con sintetizadores virtuales de forma gratuíta. Al principio puede abrumar la cantidad de dispositivos y botones, pero basta cacharrear un rato observando los nombres en inglés para entender un poco la mecánica del asunto, hasta que finalmente te sorprendas a tí mismo escuchando una creación genuina.

Alguna vez probé (hace años) software profesional de este tipo y lo primero que llama la atención es la interfaz, que propone la ilusión de tener delante los auténticos aparatos, casi como fotografías interactivas. Eso y detalles como controlar la interacción entre los dispositivos mediante cables que virtualmente conectamos según nos convenga.

Páginas como esta son sin duda un buen aliado para el aburrimiento ocasional. Cuidado que engancha…