ineternet

La ausencia de contexto y el derecho a no ser ofendido

Posted on Actualizado enn

Me he cruzado con un excelente artículo en inglés (Alexandra Petri, en el Wahsinton Post) y no puedo sino traducirlo. No soy traductor así que pido disculpas por adelantado por los fallos, que espero, sean pocos y no demasiado dolorosos.

Chris Rock, el conservadurismo en las universidades, “The Interview” y la economía de la indignación.

En un fragmento que no ha recibido suficiente atención de su muy compartida entrevista con Frank Rich, Chris Rock apunta con acierto un problema creciente:

Dejé de actuar en campus universitarios, y la razón es porque son demasiado conservadores… No en sus ideas políticas (no es que voten a los republicanos) sino en su mirada social y su voluntad de no ofender a nadie. Chicos criados en una cultura de “no vamos a jugar a puntos porque no queremos que nadie pierda”. O simplemente tratando de ignorar el hecho racial hasta el absurdo. No puedes decir “ese chico negro de ahí”, no. Es “el que lleva los zapatos rojos”. Ni siquiera puedes ofender como forma de ser inofensivo.

Este tipo de terror tan servil a causar ofensa no es exclusivo de los campus universitarios. Se extiende a los cómicos, porque cualquiera es capaz de grabar, transmitir y sacar de contexto sus actuaciones. Chris Rock dijo también:

Da miedo, porque lo que ocurre con los cómicos es que somos los únicos que practicamos frente al público. Prince no pone sus demos en la radio. Pero para un cómico, la “demo” es pública. Hay algunos lo suficientemente buenos para escribir el monólogo perfecto y salir con él, pero el resto lo trabaja y lo trabaja frente al público, y se puede convertir en un problema. Puede ser completamente ofensivo. Antes de que nadie tuviera un dispositivo de grabación podías decir algo que fuese demasiado lejos y dirías “oh, he ido demasiado lejos”, y simplemente quitarías esa parte. Pero cuando sabes que no tienes margen para cometer errores, produces actuaciones menos valientes, más mojigatas. No se te pueden ocurrir las ocurrencias que querrías que se te ocurrieran si te sabes vigilado.

De lo que habla Rock en ambos casos es de la desaparición del contexto.

Solíamos tener contexto cuando teníamos tiempo para leer las cosas por completo antes de sentirnos molestos con ellas. Ya no disponemos de semejante lujo.

2014, tal y como señala Slate, ha sido el año de la indignación. Hemos pasado de la cólera acerca de Lena Durham, a la cólera acerca de Uber, a la cólera acerca de las fotos de desnudos, y de vuelta al principio. Internet se nutre de la indignación. La indignación es una fuerza poderosa, tan renovable como el viento, igualmente capaz de arrasar con lo que encuentre a su paso. La fanfarronería sopla con fuerza.

La economía de la indignación va de la mano con la desaparición del contexto. El contexto es tan de 1995. Ahora llevamos un ritmo de noticias de 25 horas los siete días de la semana, y es físicamente imposible leer todo aquello sobre lo que todo el mundo habla. Así que elegimos la siguiente opción: Cabrearnos con fragmentos sacados de contexto a los que somos expuestos hasta que alguien es obligado a disculparse o pierde su trabajo, o cuando no, es silenciado.

Es malo para la comedia, es malo para la capacidad de expresión y es malo para las ideas.

La economía de la indignación es como “cenar con panteras”, citando a Oscar Wilde. Siempre estás a dos o tres centímetros de un tweet que acabe con tu carrera. Y mientras tanto, piensas que una indignación constante está bien, es justa y está justificada, que las voces que silencia y las opiniones que engulle son solo el precio a pagar por el debate civilizado. La gente que lo pierde todo “se lo tenía merecido”. Piensas eso hasta que te toca a ti.

Y uno de estos días, te tocará. ¿Recuerdas #CancelColbert?

En parte se debe a nuestra capacidad de atención. Es absurdamente pequeña. El otro día me abroncó un pez por distraerme con demasiada facilidad. Vamos rebotando de fragento en fragmento, asumiendo por opiniones ajenas que debemos molestarnos por ver un vídeo de dos minutos extraído de una entrevista de nueve horas que no hemos visto. Nos molesta lo que sí hemos visto y con eso debería ser suficiente.

Pensemos en la idignación causada por el libro de Lena Dunham. El libro salió en septiembre. Meses después, alguien leyó una parte y compartió el fragmento de la forma más controvertida posible, y entonces, una vez que había sido reducido a leña para la hoguera, todo el mundo se formó una opinión sobre él y hablo de ello hasta la extenuación.

Una cosa es tratar de no ser ofensivo. Eso es respetuoso. Otra cosa es pretender no ser ofendido jamás. Eso es imposible.

Ahora estamos en el punto en que, como dice Rock, no puedes ni siquiera ser ofensivo como forma de ser inofensivo. Estamos bajo el gobierno de los más finos de piel.

Fijémonos en lo que Greg Lukianoff, de FIRE, llama la “temporada de las des-invintaciones” en los campus de las universidades, el mismo fenómeno al que Rock hizo referencia. No es simplemente el “NO” a Ann Coulter; es “NO” a Bill Maher, el “NO” a gente tan relevante como Condolezza Rice, Christine Lagarde, Robert Birgeneau. Pronto, prevé Lukianoff, “la única gente a la que podrán invitar sin reticencias será a aquellos que no tienen nada que decir”.

“La gente a lo largo y ancho del mundo está llegando a asumir la placidez emocional e intelectual como si fuera un derecho”, escribe Lukianoff. “Esto es precisamente lo que cabe esperar cuando has enseñado a una generación entera a creer que tienen derecho a no ser ofendidos”.

La maquinaria de la indignación es tan maravillosa y está tan bien engrasada y es tan eficiente que es fácil creer que es correcta. En muchas ocasiones aisladas parece correcta: Tal cosa no debió decirse, o ese chiste no fue de buen gusto. Pero todas las ocasiones tejidas en red tienen un efecto silenciador.

Y sería interesante situar nuestra desaprobación en el mapa de la indignación actual (bueno, quizás la de ayer… los ritmos se mueven con mucha rapidez) sobre la retirada de “The Interview” de los cines. La indiganción fue dirigida en una dirección diferente de la habitual. Callarnos por una amenaza, sabemos, está mal. Eso es censura. Eso es nuestra libertad de expresión siendo cohartada. Eso no puede permitirse.

La gente normalmente señala que existe lo que se dice libremente y lo que se dice cobrando por ello, y mientras se supone que lo primero es libertad de expresión, no supone como tal lo segundo. No tienes derecho a usar una plataforma. Pero esto puede derivar por sendas peligrosas. En vez de aceptar la posibilidad de que algo pueda ser ligeramente ofensivo de camino a ser trascendente, cortamos cada árbol antes de poder ver cómo es el bosque. Ya sea por norma o por entendimiento implícito, esta fácil indignación (¡menos que leer!) limita el espectro de cosas que se hacen, se piensan y se experimentan. No es tan sólo una cuestión de que “The Interview” no se estrene en cines, o que “Pyongyang” de Steve Carell haya sido cancelada. ¿Qué hay de todo el resto de cosas que nos perderemos y de las que nunca sabremos?

Podemos decir que la censura es negativa cuando es una factor externo, digamos, Korea del Norte. Es un pensamiento generalizado que retirar “The Interview” de los cines ha sido un movimiento cobarde por parte de Sony. Pero cuando es algo que nos hacemos a nosotros mismos, el impacto es el mismo: silencio. Menos elección. Menos libertad para poner en orden tus ideas sobre algo que te preocupa. Menos valentía y más mojigatería, como decía Chris Rock.

Orgullo y satisfacción

Posted on

Cojan aire antes de responder: ¿Cuántos autores pueden publicar lo que les venga en gana, cuando les venga en gana y en el formato que les venga en gana?

Espiren.

Cojan aire de nuevo: ¿Cuántos autores venden más de 20.000 ejemplares en menos de 24 horas?

Suelten el aire.

Por último: ¿Cuántos autores pueden gestionar por sí mismos la distribución y el precio de su obra y manejar sus ingresos directamente?

Si terminaron de responder, ya pueden respirar tranquilos. Yo también respondo a las preguntas, tranquilamente y sin asfixiarme: Muy pocos.

Hace escasos días un grupo de artistas procedentes de la revista El Jueves sacó a la venta por internet, en formatos digitales y sin reflejo en papel, la obra Orgullo y Satisfacción, en la que dan rienda suelta a su crítica política y satírica hacia la monarquía parlamentaria española y sus representantes. Si no todo el material, parte del mismo tendría que haber integrado el ejemplar de El Jueves de la semana anterior, pero RBA, editora de la revista, obligó a hacer cambios en la portada y destruyó una tirada de 60.000 unidades con la original en la que aparecían miembros de la Familia Real caricaturizados. Ante este movimiento de (auto)censura editorial, Ágreda, Albert Monteys, Asier y Javier, Bernardo Vergara, Guillermo, Isaac Rosa, Iu Forn, Lalo Kubala, Luis Bustos, Malagón, Manel Fontdevila, Manuel Bartual, Mel, Paco Alcázar, Paco Sordo, Pepe Colubi, Triz… dejaron El Jueves y comenzaron la gestación de Orgullo y Satisfacción. Con el impulso de la idignación popular por la decisión de RBA, las redes sociales se hiceron rápidamente eco de la operación y la reacción de los artistas y se creó bastante expectación. Finalmente, Orgullo y Satisfacción se puso a la venta el 18 de junio y en pocas horas vendieron más de 20.000 ejemplares a un precio mínimo de 1.50€.

Como a tantos otros ciudadanos, la noticia sobre la censura a El Jueves me soliviantó, pero la noticia de que estos autores iban a poder hacer oir su voz de manera casi inmediata por un cauce alternativo me causó una sensación de alivio y agradecimiento por ese santo grial de la libertad que es internet. Como tantos otros, esperé a la salida de la obra y la compré por 3.00€, que aunque no sea gran cosa, es el doble de lo que pedían y más de lo que vale un ejemplar de El Jueves (que por cierto, he leído ocasionalmente en salas de espera y casas de familiares y amigos pero nunca adquirido). Una vez descargado, lo devoré en mi tablet en cuestión de minutos. Estaba disfrutando como un vil motherfucker de cada página cuando la última me golpeó la cara:

 

10487850_10204116769864637_380047489_n

 

Como podemos ver, para la última viñeta los artistas decidieron aludir a algo tan ajeno al tema de libro y de la polémica monárquica como “la piratería”. Como ocurría cuando te comprabas una película en DVD o blu ray, lo que obtienes por ser un sufrido pagador de cultura es que te llamen ladrón. Claro que la viñeta no alude a quienes han comprado el cómic directamente, pero es obvio que muchos de los que compramos cultura también la descargamos. Es el signo de los tiempos.

Pero lo que me parece más preocupante, y conecta directamente con las primeras palabras de este artículo, es que quienes sufren la piratería real a la que se han visto sometidos los artistas de los últimos dos siglos, es decir, la industria editorial que los exprime, manipula y censura a cambio de una fracción del beneficio, sigan emperrados en demonizar a sus benefactores directos, es decir, su público. Repito, más de 22.000 ejemplares vendidos en 24/48 horas, a un mínimo de 1.50€. Con esas cifras deberían estar más que agradecidos y sinceramente, debería importarles poco o nada que una fracción marginal de gente se descargue el cómic de “el emule”. Esas descargas son como las lecturas en una sala de espera o por préstamo, inevitables e inofensivas.

Ya he comentado muchas veces que el desconocimiento que tiene el artista medio de internet es abrumador. No ya de sus entresijos informáticos, sino de las posibilidades que tiene como medio de comunicación y expansión, pero también publicación. Seguramente los responsables de Orgullo y Satisfacción no van a aprender la lección y no van a cambiar el anticuado y triste sistema editorial por la autopublicación en internet en formato digital. Volverán a supedistarse a una industria que los trata como ganado y seguirán el guión de cargar contra los “piratas” cuando sepan que alguien ha leído algo suyo sin pagar. Como decía Pérez-Reverte en un artículo en el que cargaba contra “los del todo gratis”, si una novela se vende a 20 euros, el beneficio para el autor son 2 euros por cada libro. Pero claro (añado yo), que el autor se lleve sólo 2€ de 20€ facturados no es un robo al autor. El robo es que haya alguien que se lea el libro descargado (/ironic mode OFF).

Seamos claros: El autor podría poner el libro a la venta en internet en formato digital y de manera autónoma por 2 ó 3 euros y ganaría lo mismo o más sin que los piratas reales, la industria, metiera la mano en su bolsillo. Pero los mass media son muy influyentes y poderosos, y todos los autores quieren salir en la foto y consideran que no trabajar para el sistema significa el ostracismo. Nada más lejos de la realidad.

 

 

Amazon.es comienza a funcionar :D

Posted on Actualizado enn

En Microsiervos echan un vistazo a la página de Amazon.es.
De momento en lo relativo a libros, como comentan en Microsiervos, Amazon no podrá marcar ninguna diferencia, ya que los precios están marcados por ley, aunque esto no afecta a los libros de editoriales extranjeras (una buena excusa para empezar a leer en inglés). Sin embargo, en el resto de artículos podrá hacer sus descuentos y promociones habituales.

Una particularidad de la tienda inglesa es el llamado FREE Super Delivery, por el cual hacen envíos gratuitos a España (incluso Canarias). En la página española no hay nada parecido, quizás por una falta de acuerdo con Correos. Lo que sí se mantiene, por suerte para los que vivimos fuera de la fiscalidad IVA, es el descuento del 18% respectivo en nuestras compras.

Acabo de hacer un simulacro de compra (es decir, he llegado hasta el punto previo a confirmar el pedido) en la página .ES y la .UK, y el artículo elegido me sale más barato en el dominio español de la famosa tienda. Quizás sea por el cambio de divisa; no lo sé. La cuestión es que no podríamos estar más de enhorabuena. Lástima que este desembarco de Amazon en España se haya dado en una época de crisis en la que los bolsillos de los españoles tienen poco que salvar a final de mes para gastar en artículos de ocio.

Algo que habría que recalcar (aunque posiblemente los usuarios lo noten en seguida) es que muchos de los productos ofertados son comunitarios, bien del propio Reino Unido o de otros países europeos. Por ejemplo, si buscamos una edición en blu ray de alguna película, nos van a salir las ediciones de Reino Unido, Francia, Alemania, Italia… hay que tener mucho cuidado con esto a la hora de elegir. Tiene su lado positivo, y es que muchas veces las ediciones de otros países son bastante mejores que las españolas. Para los que aman el doblaje (servidor es fanático de la V.O., así que no es mi problema) esto puede ser un inconveniente, ante la falta de pistas en castellano.

En definitiva… creo que la llegada de Amazon a España es una gran noticia. Ahora sólo falta que tengamos más dinero para hacer compras online (de ilusiones también se vive).

Nota: Después de hacer pruebas con diversos artículos, he comprobado que en función de cuáles sean, la compra puede salir más barata en un dominio o en otro. Así que habrá que tener a mano una calculadora e ir mirando los precios de cada artículo para ver en cuál de los dos Amazon nos oferecen el mejor precio…

Estafados (o casi)

Posted on

Hace mucho tiempo, sobre todo a partir de las innumerables discusiones que hay en internet en torno a la mal llamada piratería, que se viene hablando del abusivo mercado de precios del ocio en España. Resulta incomprensible, cuando no turbador e indignante, que países con mayor renta per cápita tengan, además, mucho más baratos los artículos de ocio. Es el caso de Alemania, Reino Unido, Estados Unidos…

Los distribuidores alegan que se debe a la piratería, cómo no. Que el mercado español no puede abaratar los precios porque se hundiría. La verdad, les guste a ellos o no, es que el problema del mercado español es un sistema de distribución arcaico y sobretarificado por el cual muchas bocas quieren morder la misma manzana y al final, para saciar el estómago, se engordan las manzanas de manera que todos se lleven un bocado más grande. ¿Quién “paga el pato”? El consumidor, como siempre, que es quien va a abonar el precio al peso de una manzana que en otros sitios cuesta mucho menos.

Mi última compra por internet ha consistido en dos ediciones especiales blu ray: Por un lado, Avatar Edición Coleccionista, 3 discos. Por otro, la Alien Anthology, 6 discos. La compra la llevé a cabo en Amazon UK. Esta tienda on-line tiene dos ventajas mayúsculas: Primero, gastos de envío gratuitos a España, la opción FREE Super Delivery. Sí, tal cual suena. La segunda, que a los residentes en Canarias nos descuenta el 18% de VAT (IVA) del precio de los artículos, ya que no pagamos IVA.

Recibí el paquete con ambos artículos, en apenas una semana (algo impensable cuando compras a tiendas españolas, manda narices), tras pagar 47€. ¿Mucho o poco? Veamos… Tiendas españolas: FNAC, DVDgo… Tienen ambos artículos a entre 49€ y 65€… ¡cada uno! Y eso sin contar los gastos de envío, que por supuesto no son gratuitos. Ahora recordad que la libra es más fuerte que el euro y que los británicos tienen una mayor renta per cápita que los españoles. ¿Cuánto le cuesta a un británico friki satisfacer su afición y su hobby coleccionista? Mucho menos que a un español, obviamente. La comparación no es sólo odiosa, es insultante.

En resumen: Lo que en UK, a pesar de que la libra es más fuerte que el euro, me sale a 47€, sin gastos de envío y puesto en casa en una semana (y no olvidemos que Canarias está más lejos que el resto) en España me costaría alrededor de unos 120€ y me tardaría en llegar un mes. La pregunta es, ¿de verdad creen los distribuidores españoles que voy a contribuir voluntariamente a que me estafen? Lo siento pero no. Mi dinero se lo van a llevar distribuidores británicos. Yes, sir.  Y animo a todo el mundo a hacer lo mismo. Que lo llamen piratería si quieren.

 

Nota: Por supuesto, al comprador peninsular le habría salido la compra por algo más, unos 55€. Sigue siendo un precio irrisorio comparado con la estocada en la cerviz que nos endiñan las tiendas españolas.

Por qué no pagaría por descargas directas.

Posted on

Ayer escribí una pequeña reflexión acerca de la nueva modalidad de pago de Spotify, titulada Por qué no pagaría por Spotify. Algunos amigos me comentaron en Facebook que, estando de acuerdo conmigo en lo respectivo a Spotify, prefieren pagar por servicios de descarga directa como Megaupload o Rapidshare, por encontrar una mayor versatilidad en estos servicios de descarga de archivos. Yo, en mi caso, nunca he visto con buenos ojos estas suscripciones.

No es cuestión de volver sobre las reflexiones que me hacen estar de acuerdo con la libre descarga de contenidos y la polémica de la mal llamada “piratería”, porque sería embarrar esta reflexión. Básicamente: Estoy a favor. Partiendo de este punto, siempre he entendido que las descargas se justifican en una cierta honestidad por parte del consumidor, que:

1- Se baja aquello que no puede comprar;

2- Compra un número determinado de artículos, dependiendo de su economía;

3- Consume más de lo que podría comprar aunque quisiera.

Internet ofrece una versatilidad universal. No hay oferta comercial que compita con ella. La comunidad de usuarios dedicada a transmitir y compartir contenidos, ya sean de pago o gratuitos, es una marea imparable y procesa una carga de trabajo que, de forma similar a la de una colonia de termitas, supera con creces la labor de entidades mayores y más poderosas sobre el papel. Ninguna compañía tiene la capacidad de realizar tantos lanzamientos ni de cubrir un catálogo tan inmenso como la scene y es habitual encontrar en internet aquello que no se puede encontrar en ningún otro sitio. Pero seamos justos: La scene consiste en su gran mayoría en usuarios desinteresados que no ven un duro por su trabajo porque los que generan el contenido (los creadores) tampoco lo ven y los que disfrutan de la labor de unos y otros (los consumidores) no lo tienen. Es una forma digna de operar. Y resulta tremendamente irónico (y triste) que, en el momento en que los usuarios deciden pagar por un contenido, el que reciba el dinero no sea el creador del contenido, sino un tercer agente que se aprovecha de la coyuntura y que en ningún momento, a diferencia de Spotify, remunera a los creadores o gestores de los derechos comerciales.

Las compañías de hosting de archivos realizan un servicio que se adapta a una demanda, sí. Pero ese servicio tiene alternativas, aunque haya que currárselas un poco, empezando por la descarga gratuita que ellos mismos ofrecen, con el único precio de tener un poco de paciencia; o los métodos de descarga p2p que ofrecen los mismos contenidos sin pagar a nadie: Bittorrent, eMule… pero de nuevo, basta con tomarse una mínima molestia de buscar el archivo y esperar a que se descargue. No es un esfuerzo mayor del que hicieron quienes permitieron que el contenido llegara hasta nosotros.

Siempre he pensado que las descargas en internet funcionaban éticamente porque en la ecuación no había un factor dinerario. Una vez introducido, creo que herimos gravemente la base de nuestros argumentos.

Por qué no pagaría por Spotify

Posted on

Spotify, que no hace muchos meses anunciaba su crecimiento en número de usuarios y volumen de negocio, anunció hace poco que limitará el uso y disfrute de los usuarios free y que parte de los servicios que ofrecía, como la escucha ilimitada de canciones a cambio de forzosa publicidad, pasarán a ser parte de la oferta de pago. Ahora, un usuario de la modalidad gratuita sólo podrá escuchar cada canción un máximo de cinco veces, entre otras limitaciones. Las reacciones en internet no se han hecho esperar y se está formando una bola de nieve de acusaciones y reproches.

En primer lugar, me resulta curioso que la industria por un lado nos machaque con los productos que quiere vender, obligándonos en la práctica a escuchar decenas y hasta cientos de veces canciones que no nos gustan (quién no ha terminado hasta los huevos del último fenómeno comercial de la radio y la televisión, y en el mismo servicio Spotify), cuando por otro lado impone el límite de escuchas en su cliente de streaming. La música es suya y se la follan cuando quieren, por supuesto, pero eso no quita que no podamos quejarnos del sinsentido, que no encierra otra cosa que dirigir las ventas.

Por otro lado, no me gusta Spotify porque no me parece un catálogo perfecto, ni siquiera rayano en la perfección (que ya sé que es imposible, pero hay grados de acercamiento, sobre todo basados en la voluntad). De las veces que lo he usado, he observado discografías incompletas, preeminencia de recopilatorios y grandes ausencias tanto de artistas consagrados que no han cedido sus derechos (Metallica, Led Zeppelin…) como de otros artistas que son demasiado “no famosos” (The Steepwater Band, Five Horse Johnson…) para estar en las listas. Pagar para tener en cualquier parte la música que ya tengo en cualquier parte tras pasar mi colección de CD’s originales a un magnífico mp3 de Sony me parece una tontería y un gasto inútil. Si quiero algo como Spotify es para escuchar bandas y discos nuevos que no tengo y no conozco, pero de los que he leído alguna referencia en algún momento en algún sitio, y que con un Spotify al lado, resultaría fácil explorar. Pero mi decepción ha sido mayúscula en numerosas ocasiones.

En tercer lugar… ya hablé en una ocasión sobre el acuciante problema que existe en la Industria Musical con la obsesión por el volumen. La conocida como Loudness War afecta también a Spotify, y dejando a un lado la baja calidad de los mp3 que sirve al cliente (que mejora pagando, obviamente) para alguien con el oído mínimamente entrenado se nota que las canciones están amplificadas a niveles que, como dirían en La loca guerra de las Galaxias, son absurdos. Entiendo que esto, para el común de los usuarios, sea una queja supérflua de friki musical, pero es el servicio el que se tiene que adaptar al usuario y no al revés. Yo cuando paso la música a mi mp3, normalizo todas las canciones aplicando valores de ReplayGain. Spotify utiliza la convencional “normalización”, que no sólo no me convence, sino que resulta en un aumento mayor del volumen. Y a mí entre una cosa y otra se me atraganta la oferta de esta compañía.

Entiendo que a las sucesivas críticas que está generando la decisión de Spotify también se sucedan voces de reproche hacia los usuarios que ponen el grito en el cielo. Ejemplos gráficos dan en el clavo:

…Y no dejan de tener cierta razón. A la gente le cuesta pagar. Pero también tengamos en cuenta, olvidando la picaresca y la caradura española, que el mercado español es un mercado acostumbrado el abuso. A los consumidores españoles se nos suele cobrar lo mismo más caro y con peor servicio, y se nos suele cobrar por todo, al mismo tiempo que somos de los países con renta per cápita más baja de Europa. Pero no sólo eso: En los países donde tienen mayor poder adquisitivo, tanto las telecomunicaciones como los contenidos de ocio suelen estar mucho más baratos, tanto que hasta sale muy a cuenta comprar por internet, gastos de envío incluídos, ahorrando a veces hasta la mitad del dinero. Por tanto, veo en parte lógico que la gente se cabree. 5€ no son nada, dicen algunos, pero para muchos, son cinco euros más añadidos a un gasto de por sí desproporcionado en la tarifa de datos del móvil y la tarifa de internet del fijo (ambas necesarias para disfrutar Spotify), las entradas abusivas del cine, el precio de la gasolina, el recibo de la luz, la inflación… Y suena a la típica chufla para sacar dinero que de repente te digan que lo que estabas usando no lo vas a poder usar y que vas a tener que pagar.

No hay debate.

Posted on

Empezar el día con alegría es fundamental. Por eso no receto a nadie escuchar debates sobre la “piratería” en internet a menos que esté alineado con las opiniones oficiales de la industria del entretenimiento.

Ayer en la Cadena SER se pudieron escuchar minutos para la gloria en la doctrina antipiratería. En un simulacro de debate y cruce de ideas en el que todos pensaban lo mismo (“Yo no sé por qué discuten si están todos de acuerdo”, se preguntaba Ignacio Escolar en su Twitter), se escucharon algunos de los argumentos más obtusos y manidos de este tema y perlas de la estulticia como resumir la piratería en el símil “comer caviar del suelo a puñaos” (sic).

Llamaba la atención que en una cadena supuestamente progresista y de corte social ni uno solo de los contertulios aportara una mínima idea coherente con el común de los ciudadanos. Llamaba aún más la atención que no hubiera nadie representando ideas cercanas a la postura de la gran mayoría de la gente y de los internautas en concreto. Llamaba la atención que no hubiera una sola voz crítica ni un solo apunte de reprobación a la política de las empresas para con los consumidores ni reproches hacia prácticas comerciales abusivas. En definitiva, llamaba la atención el monolítico juicio de los opinadores de la radio, desconocedores a un nivel supino de la red de redes, y la agresiva criminalización de los consumidores y usuarios, a los que no sólo llamaron ladrones, sino directamente maleantes y sinvergüenzas, estafadores (símil con el fraude fiscal incluido) y otras joyas.

Como digo, no es bueno cogerse cabreos y menos por la mañana, aún con el estómago vacío. Sufrí en silencio dentro de mi coche, aferrado al volante, salvo cuando exclamé un “¡Pero es que eso es mentira!” ante un dato erróneo y malintencionado arrojado sobre la mesa: Si no recuerdo mal, que la venta de música legal había bajado un tanto por cierto en fechas cercanas, cuando no hace mucho conocíamos que la venta de música por internet y las plataformas de pago como Spotify no paraban de crecer.

Estoy harto de este debate porque no hay debate. No hay voces con ideas diferentes en los medios. No hay tertulias a las que se invite a gente que piense de otra manera y especialmente se evita la participación de personas con capacidad de argumentación clara como por ejemplo el abogado especializado en derechos de autor David Bravo o el presidente de la Asociación de Internautas, Víctor Domingo. Cuando no hay un monólogo al servicio de las industrias que les dan de comer (un medio de comunicación  y los generadores de contenidos tienen una relación simbiótica) sencillamente se lo inventan.