Cine

La ausencia de contexto y el derecho a no ser ofendido

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Me he cruzado con un excelente artículo en inglés (Alexandra Petri, en el Wahsinton Post) y no puedo sino traducirlo. No soy traductor así que pido disculpas por adelantado por los fallos, que espero, sean pocos y no demasiado dolorosos.

Chris Rock, el conservadurismo en las universidades, “The Interview” y la economía de la indignación.

En un fragmento que no ha recibido suficiente atención de su muy compartida entrevista con Frank Rich, Chris Rock apunta con acierto un problema creciente:

Dejé de actuar en campus universitarios, y la razón es porque son demasiado conservadores… No en sus ideas políticas (no es que voten a los republicanos) sino en su mirada social y su voluntad de no ofender a nadie. Chicos criados en una cultura de “no vamos a jugar a puntos porque no queremos que nadie pierda”. O simplemente tratando de ignorar el hecho racial hasta el absurdo. No puedes decir “ese chico negro de ahí”, no. Es “el que lleva los zapatos rojos”. Ni siquiera puedes ofender como forma de ser inofensivo.

Este tipo de terror tan servil a causar ofensa no es exclusivo de los campus universitarios. Se extiende a los cómicos, porque cualquiera es capaz de grabar, transmitir y sacar de contexto sus actuaciones. Chris Rock dijo también:

Da miedo, porque lo que ocurre con los cómicos es que somos los únicos que practicamos frente al público. Prince no pone sus demos en la radio. Pero para un cómico, la “demo” es pública. Hay algunos lo suficientemente buenos para escribir el monólogo perfecto y salir con él, pero el resto lo trabaja y lo trabaja frente al público, y se puede convertir en un problema. Puede ser completamente ofensivo. Antes de que nadie tuviera un dispositivo de grabación podías decir algo que fuese demasiado lejos y dirías “oh, he ido demasiado lejos”, y simplemente quitarías esa parte. Pero cuando sabes que no tienes margen para cometer errores, produces actuaciones menos valientes, más mojigatas. No se te pueden ocurrir las ocurrencias que querrías que se te ocurrieran si te sabes vigilado.

De lo que habla Rock en ambos casos es de la desaparición del contexto.

Solíamos tener contexto cuando teníamos tiempo para leer las cosas por completo antes de sentirnos molestos con ellas. Ya no disponemos de semejante lujo.

2014, tal y como señala Slate, ha sido el año de la indignación. Hemos pasado de la cólera acerca de Lena Durham, a la cólera acerca de Uber, a la cólera acerca de las fotos de desnudos, y de vuelta al principio. Internet se nutre de la indignación. La indignación es una fuerza poderosa, tan renovable como el viento, igualmente capaz de arrasar con lo que encuentre a su paso. La fanfarronería sopla con fuerza.

La economía de la indignación va de la mano con la desaparición del contexto. El contexto es tan de 1995. Ahora llevamos un ritmo de noticias de 25 horas los siete días de la semana, y es físicamente imposible leer todo aquello sobre lo que todo el mundo habla. Así que elegimos la siguiente opción: Cabrearnos con fragmentos sacados de contexto a los que somos expuestos hasta que alguien es obligado a disculparse o pierde su trabajo, o cuando no, es silenciado.

Es malo para la comedia, es malo para la capacidad de expresión y es malo para las ideas.

La economía de la indignación es como “cenar con panteras”, citando a Oscar Wilde. Siempre estás a dos o tres centímetros de un tweet que acabe con tu carrera. Y mientras tanto, piensas que una indignación constante está bien, es justa y está justificada, que las voces que silencia y las opiniones que engulle son solo el precio a pagar por el debate civilizado. La gente que lo pierde todo “se lo tenía merecido”. Piensas eso hasta que te toca a ti.

Y uno de estos días, te tocará. ¿Recuerdas #CancelColbert?

En parte se debe a nuestra capacidad de atención. Es absurdamente pequeña. El otro día me abroncó un pez por distraerme con demasiada facilidad. Vamos rebotando de fragento en fragmento, asumiendo por opiniones ajenas que debemos molestarnos por ver un vídeo de dos minutos extraído de una entrevista de nueve horas que no hemos visto. Nos molesta lo que sí hemos visto y con eso debería ser suficiente.

Pensemos en la idignación causada por el libro de Lena Dunham. El libro salió en septiembre. Meses después, alguien leyó una parte y compartió el fragmento de la forma más controvertida posible, y entonces, una vez que había sido reducido a leña para la hoguera, todo el mundo se formó una opinión sobre él y hablo de ello hasta la extenuación.

Una cosa es tratar de no ser ofensivo. Eso es respetuoso. Otra cosa es pretender no ser ofendido jamás. Eso es imposible.

Ahora estamos en el punto en que, como dice Rock, no puedes ni siquiera ser ofensivo como forma de ser inofensivo. Estamos bajo el gobierno de los más finos de piel.

Fijémonos en lo que Greg Lukianoff, de FIRE, llama la “temporada de las des-invintaciones” en los campus de las universidades, el mismo fenómeno al que Rock hizo referencia. No es simplemente el “NO” a Ann Coulter; es “NO” a Bill Maher, el “NO” a gente tan relevante como Condolezza Rice, Christine Lagarde, Robert Birgeneau. Pronto, prevé Lukianoff, “la única gente a la que podrán invitar sin reticencias será a aquellos que no tienen nada que decir”.

“La gente a lo largo y ancho del mundo está llegando a asumir la placidez emocional e intelectual como si fuera un derecho”, escribe Lukianoff. “Esto es precisamente lo que cabe esperar cuando has enseñado a una generación entera a creer que tienen derecho a no ser ofendidos”.

La maquinaria de la indignación es tan maravillosa y está tan bien engrasada y es tan eficiente que es fácil creer que es correcta. En muchas ocasiones aisladas parece correcta: Tal cosa no debió decirse, o ese chiste no fue de buen gusto. Pero todas las ocasiones tejidas en red tienen un efecto silenciador.

Y sería interesante situar nuestra desaprobación en el mapa de la indignación actual (bueno, quizás la de ayer… los ritmos se mueven con mucha rapidez) sobre la retirada de “The Interview” de los cines. La indiganción fue dirigida en una dirección diferente de la habitual. Callarnos por una amenaza, sabemos, está mal. Eso es censura. Eso es nuestra libertad de expresión siendo cohartada. Eso no puede permitirse.

La gente normalmente señala que existe lo que se dice libremente y lo que se dice cobrando por ello, y mientras se supone que lo primero es libertad de expresión, no supone como tal lo segundo. No tienes derecho a usar una plataforma. Pero esto puede derivar por sendas peligrosas. En vez de aceptar la posibilidad de que algo pueda ser ligeramente ofensivo de camino a ser trascendente, cortamos cada árbol antes de poder ver cómo es el bosque. Ya sea por norma o por entendimiento implícito, esta fácil indignación (¡menos que leer!) limita el espectro de cosas que se hacen, se piensan y se experimentan. No es tan sólo una cuestión de que “The Interview” no se estrene en cines, o que “Pyongyang” de Steve Carell haya sido cancelada. ¿Qué hay de todo el resto de cosas que nos perderemos y de las que nunca sabremos?

Podemos decir que la censura es negativa cuando es una factor externo, digamos, Korea del Norte. Es un pensamiento generalizado que retirar “The Interview” de los cines ha sido un movimiento cobarde por parte de Sony. Pero cuando es algo que nos hacemos a nosotros mismos, el impacto es el mismo: silencio. Menos elección. Menos libertad para poner en orden tus ideas sobre algo que te preocupa. Menos valentía y más mojigatería, como decía Chris Rock.

‘Gravity’

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No hace muchas semanas el trailer de ‘Gravity’ (Alfonso Cuarón, 2013) me cogió totalmente por sorpresa en la sala de cine, momentos antes de ver esa oda a los mechas que es ‘Pacific Rim’ (Guillermo del Toro, 2013). Llevo un tiempo desconectado de la actualidad cinematográfica y ni siquiera sabía que existía el proyecto, y el trailer me dejó sin aliento. Me pareció soberbia la escena que adelantaban y sobre todo, lo minimalista del trailer, que mostraba lo justo para dejar con la boca abierta y con ganas de más.

Llegó el día de que se estrenara en los cines y por fin pude disfrutar de la cinta, en un 3D que refundaba su concepción comercial a fin de convertirse en un elemento más de la narración. Una narración fastuosa, hiperbólica, inmersiva y técnicamente sobresaliente, al servicio de un mensaje de hondo calado expuesto de manera honesta y abierta: Renacer tras la adversidad, superar el vacío existencial y tomar el control de nuestra existencia.

Atención, a partir de aquí describo e interpreto la trama con detalle. Esta entrada está dirigida a quien ya ha visto la película. Si no es tu caso, por favor, no sigas leyendo y corre al cine.

Primera parte.

El personaje de Sandra Bullock, la doctora Ryan Stone, es una brillante profesional que se ve abocada en ambarcarse en una misión espacial después de que la NASA cancelara la inversión en su laboratorio y le ofreciera el puesto de ‘mission specialist’ como salida. Durante unas tareas de mantenimiento del telescópio Hubble, el Control de Misión en Houston informa a los astronautas que debido a la destrucción de un satélite se ha producido una nube de escombros que viaja en órbita terrestre a miles de kilómetros por hora. En principio, parece que no se cruzarán en su camino, pero pasados unos minutos, Houston advierte que los resultados de la explosión han causado una reacción en cadena imprevisible al dañar otro satélite que a su vez también viaja despedazado hacia su posición, con el grave peligro que esto implica. Sin casi tiempo para reaccionar, los tripulantes de la nave espacial tienen que ponerse a salvo, pero es demasiado tarde y la nube de escombros acaba con la vida de varios de ellos, destroza la nave y pone a la doctora Stone y al veterano comandante Matt Kowalsky (George Clooney) en una desesperada lucha por sobrevivir.

Tras la primera catástrofe, Kowalsky arriesga su vida para rescatar a Stone, que ha salido despedida hacia el vacío y se encuentra en estado de shock, incapaz de tranquilizarse y tomar el control de la situación, tan siquiera de comunicarse por radio. Kowalsky no sólo la rescata físicamente, sino que actúa de ancla emocional y psicológica gracias a su veteranía y madurez mientras toma la iniciativa de cara a la supervivencia de ambos. En definitiva, se alza como una figura paternal sobre una Stone inhabilitada para cuidar de sí misma, atrapada por el temor y la inseguridad, retraída a un estado de infantilidad. Iniciando una maniobra arriesgada de acercamiento a los restos de su nave, con objeto de rescatar el cadáver de un compañero y pedir ayuda, ambos viajan por el vacío conversando sobre sus vidas. Kowalsky trata de que Stone mantenga la calma y controle su respiración para que no acabe con sus ya diezmadas reservas de oxígeno, cosa que apenas logra.

Durante el desplazamiento, Stone confiesa a Kowalsky que perdió a su hija de cuatro años por un golpe en la cabeza ocasionado por un simple tropiezo. La insignificancia y lo fortuito del accidente es tan desproporcionado a su fatal desenlace que el impacto emocional devastó aún más a Stone. Admite que desde entonces vive como un autómata una existencia fría y vacía, una vida más propia de una máquina que de un ser humano. “Voy allí donde me dicen. Mi vida es levantarme, coger el coche, y conducir. Simplemente, conduzco”. El plan es alcanzar al ISS y utilizar la Soyuz para la reentrada. Desafortunadamente, la cápsula desplegó el paracaidas y esto impide una reentrada segura, por lo que tendrán que utilizarla para llegar a la estación china y utilizar su cápsula para la reentrada.

La nube de escombros completa un giro orbital y les sorprende de nuevo cuando han alcanzado los restos de la ISS. La fuerza del choque provoca una fuerza centrífuga que amenaza con enviarlos a ambos a la deriva y Kowaslky decide sacrificarse para que Stone consiga aferrarse a la nave y sobrevivir. Kowalsky desancla el mosquetón que le unía a Stone, y metafóricamente, rompe el vínculo que los mantenía unidos. Mientras se aleja a la deriva, Kowalsky le radia mensajes de ánimo, fuerza y coraje para que Stone luche por su vida. Ella logra aferrarse a la Estación a pesar de la traumática pérdida. Al límite de su resistencia, observa que el paracaídas de la Soyuz está enredado en la ISS y se ve obligada a desconectarlos. Logra llevarlo acabo y entrar por una esclusa. Acuciada por la falta de oxígeno del traje y la experiencia traumática que ha vivido, siente la necesidad de despojarse de él como ritual de limpieza, se desnuda y adquiere una posición fetal que la relaja y tranquiliza mientras respira profundamente. Es un nuevo comienzo para la doctora Stone, ahora en un estado de “gestación” previo a su renacimiento.

Segunda parte.

El objetivo de Stone es operar la nave Soyuz que está acoplada a la ISS para llegar hasta la estación china Tiangong. Stone se mueve por el interior de la nave de manera pausada y tranquila, sientiéndose a salvo, pero al poco de entrar en la ISS, los daños causados por la nube de escombros provocan un incendio que se extiende por toda la estructura. Stone tiene que luchar contra el fuego y la destrucción para alcanzar la Soyuz de manera desesperada. Su esfuerzo da resultado y logra alcanzar el habitáculo, dentro del cual se prepara para desacoplarse de la estación. No entiende las instrucciones ni el cuadro de mandos escrito en ruso, pero tiene unas nociones básicas gracias a unos ejercicios de entrenamiento que actúan a modo de instinto primario y opera los cohetes. La fatalidad se hace presente de nuevo cuando la falta de combustible no le permite llevar a cabo su plan. Stone sucumbe y se rinde. Decide suicidarse e inicia la decompresión de la cabina para morir indoloramente por hipoxia. Entrando en la somnolencia debida a la falta de oxígeno, Stone tiene una alucinación en la que Kowalsky aparece en la Soyuz y le revela cómo usar los cohetes auxiliares de aterrizaje para impulsar la cápsula hacia la Tiangong. La alucinación entremezcla el recuerdo soterrado del entrenamiento sobre la Soyuz con el recuerdo reciente de la persona de Kowalsky, lo que revela que su subconsciente está tomando el control de su instinto de supervivencia. Con fuerzas renovadas, Stone pone rumbo a la Tiangong. Debido a que la estación comienza a caer hacia la Tierra, Stone es incapaz de acoplar la Soyuz. Con valentía, voluntad de sobrevivir y con su nueva actitud se eyecta de la Soyuz y valiéndose de un extintor como método de propulsión, alcanza la cápsula china Shengzou, asumiendo un riesgo inconmesurable. Sin la más mínima pista al estar todo en chino, un idioma que desconoce por completo, reúne coraje e instinto y opera la cápsula. Lleva a cabo la reentrada rodeada de escombros de la Tiangong, que se ha deshecho en la entrada, en una nube de partículas similar a una lluvia de meteoritos y emerge del mar en un paisaje prehistórico, alejado de cualquier signo de civilización. Debido a la estancia en el espacio, lucha por ponerse en pie venciendo su propio peso y se alza como un ser humano completamente nuevo.

Análisis.

Toda la primera parte está cargada de simbología sobre el estado de incompetencia emocional de Stone y su insuficiencia personal. Su dependencia de Kowalsky, materializada por la cuerda que los une y las veces que le salva la vida es tan patente como el contraste entre la personalidad de uno, equilibrado, maduro, de vuelta de todo y capaz de disfrutar de cada pequeña o gran cosa que se le pone delante, y una doctora Stone apática, autómata, anclada en su luto interior. La segunda mitad de la película expone una tesis incontestable: No se puede vivir en un trauma constante, alimentándonos diariamente de la autocompasión y comportándonos como máquinas poco más que meramente funcionales. El personaje de Bullock quedó devastado por la pérdida que sufrió y desde entonces está alimentándose del drama personal, consumiéndose a sí misma. Es insegura, siente miedo, se colapsa. Lo expone perfectamente hablando con Clooney: “Mi vida es levantarme, coger el coche, y conducir. Simplemente, conduzco”. El paradigma de estar muerto en vida, de huir hacia delante, de ser un fantasma de lo que fue en otro tiempo y que simplemente, vaga. Y esta tesis concluye que eso no es humano y quien lo sufre está deshumanizado. Lo humano es luchar, superar adversidades y levantarse cuantas veces haga falta. Levantarse es rehacerse, y rehacerse es renacer. Por eso Bullock nace de nuevo en una alegoría diáfana (deliberadamente clara) cuando tiene que superar su propia muerte, no la física sino la psicológica, que asume cuando intenta suicidarse bajando los niveles de oxígeno de la Soyuz. Toda su gestación comienza desde el momento en el que tiene que tomar las riendas de la situación: Clooney muere porque la figura paternal, protectora, vinculante, aquella que la ata a un estado de dependencia y por lo tanto, debilidad y vulnerabilidad confortables, tiene que desaparecer para que se valga por ella misma. Y la catársis del personaje a través de su gestación regresiva se convierte en alegoría de la especie humana. No en vano, cuando Bullock ameriza y alcanza tierra firme, el lugar está completamente desprovisto de civilización, un paisaje que aparenta ser una estampa de ese mundo en el que comienza la evolución de las especies. Bullock llega del espacio en una “lluvia de meteoros” como se especula que llegó la vida a la Tierra. Interesantísimo el planteamiento de fondo, Bullock se va enfrentando no sólo a su gestación regresiva como un modo de reinicio vital, sino a la involución de la especie humana en conjunto, dada la lucha que lleva a cabo con las máquinas al principio y luego con elementos más profanos como el fuego o el agua.

El componente más sensible de la narración, la hija de Stone y su patética muerte, cimentan el trauma que la tiene sumida en una “no existencia”. Tenía que ser la negación de la muerte más traumática, la de alguien a quien ella dio la vida, el punto de partida inequívoco de una historia que se cierra cuando la protagonista aprende a querer seguir viviendo y a volver a nacer cuantas veces hagan falta. Un círculo perfecto.

Tratando estos temas, Cuarón, de forma muy inteligente, otorga un papel tangencial a la espiritualidad. La religión, retratada por un sencillo Buda presente en la Shengzou que Stone advierte durante la reentrada, es decir, al final de su proceso personal (cuando Stone ha completado su renacimiento y es autosufciente), actúa como elemento externo, de acompañamiento, pero nunca como acicate de la protagonista ni como ayuda activa. Stone lo consigue todo por sí misma y desprovista de otra fé más que la que tiene en sus propias capacidades.

En definitiva, ‘Gravity’ es una apuesta por nosotros mismos.

Estafados (o casi)

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Hace mucho tiempo, sobre todo a partir de las innumerables discusiones que hay en internet en torno a la mal llamada piratería, que se viene hablando del abusivo mercado de precios del ocio en España. Resulta incomprensible, cuando no turbador e indignante, que países con mayor renta per cápita tengan, además, mucho más baratos los artículos de ocio. Es el caso de Alemania, Reino Unido, Estados Unidos…

Los distribuidores alegan que se debe a la piratería, cómo no. Que el mercado español no puede abaratar los precios porque se hundiría. La verdad, les guste a ellos o no, es que el problema del mercado español es un sistema de distribución arcaico y sobretarificado por el cual muchas bocas quieren morder la misma manzana y al final, para saciar el estómago, se engordan las manzanas de manera que todos se lleven un bocado más grande. ¿Quién “paga el pato”? El consumidor, como siempre, que es quien va a abonar el precio al peso de una manzana que en otros sitios cuesta mucho menos.

Mi última compra por internet ha consistido en dos ediciones especiales blu ray: Por un lado, Avatar Edición Coleccionista, 3 discos. Por otro, la Alien Anthology, 6 discos. La compra la llevé a cabo en Amazon UK. Esta tienda on-line tiene dos ventajas mayúsculas: Primero, gastos de envío gratuitos a España, la opción FREE Super Delivery. Sí, tal cual suena. La segunda, que a los residentes en Canarias nos descuenta el 18% de VAT (IVA) del precio de los artículos, ya que no pagamos IVA.

Recibí el paquete con ambos artículos, en apenas una semana (algo impensable cuando compras a tiendas españolas, manda narices), tras pagar 47€. ¿Mucho o poco? Veamos… Tiendas españolas: FNAC, DVDgo… Tienen ambos artículos a entre 49€ y 65€… ¡cada uno! Y eso sin contar los gastos de envío, que por supuesto no son gratuitos. Ahora recordad que la libra es más fuerte que el euro y que los británicos tienen una mayor renta per cápita que los españoles. ¿Cuánto le cuesta a un británico friki satisfacer su afición y su hobby coleccionista? Mucho menos que a un español, obviamente. La comparación no es sólo odiosa, es insultante.

En resumen: Lo que en UK, a pesar de que la libra es más fuerte que el euro, me sale a 47€, sin gastos de envío y puesto en casa en una semana (y no olvidemos que Canarias está más lejos que el resto) en España me costaría alrededor de unos 120€ y me tardaría en llegar un mes. La pregunta es, ¿de verdad creen los distribuidores españoles que voy a contribuir voluntariamente a que me estafen? Lo siento pero no. Mi dinero se lo van a llevar distribuidores británicos. Yes, sir.  Y animo a todo el mundo a hacer lo mismo. Que lo llamen piratería si quieren.

 

Nota: Por supuesto, al comprador peninsular le habría salido la compra por algo más, unos 55€. Sigue siendo un precio irrisorio comparado con la estocada en la cerviz que nos endiñan las tiendas españolas.

Noche de Oscars

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Esta noche se celebran los Oscars de Hollywood, en concreto su edición octogésima tercera. Como cada año, uno de los principales reclamos, si no el principal, es el derroche de glamour que destilará la Gala, así como las pequeñas, medianas o grandes polémicas que conlleve en los corazoncitos de muchos aficionados al Séptimo Arte la resolución final de las quinielas. Sin embargo, a estas alturas muchos deberían saber ya qué son y qué no son los Oscars. Como tantos otros premios, son una celebración y un escaparate, pero también, como tantos otros premios, son una exaltación artística travestida que esconde (no tan disimuladamente) bajo las apariencias una importantísima operación comercial.

El principal objetivo de los Oscars, y por lo que pugnan los estudios que tienen películas candidatas en las distintas categorías, es la proyección publicitaria y comercial. Alargar la vida de las películas en cartelera en determinados territorios (como el propio país, EEUU), o allanar el camino para las que estén a punto de desembarcar en otros países, como en España, donde siempre nos llegaron más tarde, con el marchamo de éxito dorado o con la distinción de haber recibido distintas nominaciones. También, por supuesto, llevar Oscars o menciones de la Academia en la carátula ha sido siempre otro importante reclamo a la hora de comercializar la película en vídeo y alquiler.

Recuerdo la fascinación que me provocaba cuando era adolescente  y empezaba a interesarme con más detalle en el cine toda la parafernalia de los premios. Con el tiempo, cuando comprendí de que iba la historia, me distancié un poco de los premios; pero, ¿quién no disfruta con la alfombra roja y con el espectáculo megalómano que sólo los americanos saben organizar y ofrecer? Los Oscars son un acontecimiento internacional que mantendrá pegados al televisor, en muchos casos a horas intempestivas, a decenas de millones de espectadores de todo el mundo. Quizá no representen la justicia poética que todos querríamos ver en el arte, pero sin duda, algo tienen. Y nosotros, a disfrutarlo.

Frikismo chino

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Vía Engadget nos enteramos del penúltimo capítulo de la corta pero intensa historia del frikismo planetario: Un señor chino, un designer aguerrido, quedó prendado del fantasioso modelo de Megatron transformado en tanque que aparece en una de las películas de Transformers dirigidas por el inefable Michael “cámara lenta” Bay. Ni corto ni perezoso se lanzó a la construcción de una impresionante réplica.

 

 

El bicho pesa cinco toneladas y no se mueve, pero no me digan que no querrían uno en su jardín… ¡A menos que dicho jardín estuviera custodiado por el impresionante Optimus Prime que otro chino construyó también con chatarra!

 

 

No sé, pero si tuviera un estudio de efectos especiales y animatronics, no dudaría en ofertarles un puesto a estos denodados fans entre el equipo.

Más premios para ‘Black Swan’

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Black Swan, la celebrada cinta de Darren Aranofsky, sigue cosechando premios. En este caso ha sido en los Spirit Awards, que celebraban su edición vigésimo sexta. En concreto los premios han sido cuatro: mejor película, mejor director (Darren Aronofsky), mejor actriz (Natalie Portman) y mejor fotografía (Matthew Libatique).

Ardo en deseos de verla, no sólo por el éxito de crítica que la precede, sino porque soy un enamorado sin remedio de Natalie Portman, a la que también considero (para que vean que no sólo pienso en sexo) una excelente actriz. Desgraciadamente no tengo posibilidad de verla en versión original ya que la localidad en que resido no cuenta con salas dedicadas a tal fin (y la que había antes, aparte de estar cerrada, no exhibía cine de estreno).  Tendré que esperar a alternativas en versión original…

My Blueberry Nights

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Para aquellos que disfrutan, como yo, de las historias sencillas, urbanas, de personajes de a pie… directores como Wong Kar Wai son una bendición.

En ‘My Blueberry Nights’ el director chino dibuja a través de varias historias personales paralelas las dos caras de la misma moneda: La huída personal de un amor fracasado, la necesidad de evadirse de los reflejos, los ecos y los pensamientos referentes a ese fracaso, y por el otro lado, la esperanza de que se avive la llama de un amor imposible que el destino ha truncado mientras se permanece instalado en una rutina de transición a la espera del milagro. Un relato lleno de simbolismos que elevan el romantismo a la categoría de viaje espiritual a través de las grandes interpretaciones de Jude Law, Norah Jones (en su debut cinematográfico), David Strathairn, Rachel Waisz y Natalie Portman, que encuentran en este relato íntimo y minimalista el espacio ideal para desarrollar los personajes bajo la batuta del director chino.

La propuesta del film no deja lugar a equívoco: Se trata de un relato devotamente romántico. Una canción lenta, agridulce, sobre las atribulaciones que nos causa el sentimiento amoroso, sobre los encuentros y desencuentros del cerebro y el corazón, sobre las aspiraciones y los fracasos, la lucha por distinguir el sueño ilusorio de la fría realidad… y la voluntad de recuperarse a uno mismo para la fe en el amor.

El dueño de la cafetería (Jude Law), no ha dejado su cafetería porque cuando uno se pierde, permanecer en un mismo sitio facilita que te encuentren. Espera que el amor vuelva a buscarlo en medio de su rutina diaria, tira todas las noches un pastel entero de arándanos, “porque nadie lo elige, nadie pide jamás un pedazo”. Pero él lo sigue cocinando cada día, mientras guarda en su local un tarro con llaves perdidas o abandonadas de las que recuerda cada historia, con el convencimiento de que algún día alguien vendrá a buscarlas (“tirar estas llaves dejaría las puertas cerradas para siempre”). Elizabeth (Norah Jones) encuentra refugio en el pequeño y acogedor rincón de Manhattan en los primeros momentos de su desamparo, pero al poco decide emprender un viaje de expiación y redención que la lleva a cruzar caminos con otros náufragos a la deriva.

Por si la dirección y las interpretaciones no fueran suficiente atractivo, la excelente banda sonora está firmada por Ry Cooder, Ottis Redding, Gustavo Santaolalla y la propia Norah Jones, entre otros.