Ciencia-ficción

‘Gravity’

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No hace muchas semanas el trailer de ‘Gravity’ (Alfonso Cuarón, 2013) me cogió totalmente por sorpresa en la sala de cine, momentos antes de ver esa oda a los mechas que es ‘Pacific Rim’ (Guillermo del Toro, 2013). Llevo un tiempo desconectado de la actualidad cinematográfica y ni siquiera sabía que existía el proyecto, y el trailer me dejó sin aliento. Me pareció soberbia la escena que adelantaban y sobre todo, lo minimalista del trailer, que mostraba lo justo para dejar con la boca abierta y con ganas de más.

Llegó el día de que se estrenara en los cines y por fin pude disfrutar de la cinta, en un 3D que refundaba su concepción comercial a fin de convertirse en un elemento más de la narración. Una narración fastuosa, hiperbólica, inmersiva y técnicamente sobresaliente, al servicio de un mensaje de hondo calado expuesto de manera honesta y abierta: Renacer tras la adversidad, superar el vacío existencial y tomar el control de nuestra existencia.

Atención, a partir de aquí describo e interpreto la trama con detalle. Esta entrada está dirigida a quien ya ha visto la película. Si no es tu caso, por favor, no sigas leyendo y corre al cine.

Primera parte.

El personaje de Sandra Bullock, la doctora Ryan Stone, es una brillante profesional que se ve abocada en ambarcarse en una misión espacial después de que la NASA cancelara la inversión en su laboratorio y le ofreciera el puesto de ‘mission specialist’ como salida. Durante unas tareas de mantenimiento del telescópio Hubble, el Control de Misión en Houston informa a los astronautas que debido a la destrucción de un satélite se ha producido una nube de escombros que viaja en órbita terrestre a miles de kilómetros por hora. En principio, parece que no se cruzarán en su camino, pero pasados unos minutos, Houston advierte que los resultados de la explosión han causado una reacción en cadena imprevisible al dañar otro satélite que a su vez también viaja despedazado hacia su posición, con el grave peligro que esto implica. Sin casi tiempo para reaccionar, los tripulantes de la nave espacial tienen que ponerse a salvo, pero es demasiado tarde y la nube de escombros acaba con la vida de varios de ellos, destroza la nave y pone a la doctora Stone y al veterano comandante Matt Kowalsky (George Clooney) en una desesperada lucha por sobrevivir.

Tras la primera catástrofe, Kowalsky arriesga su vida para rescatar a Stone, que ha salido despedida hacia el vacío y se encuentra en estado de shock, incapaz de tranquilizarse y tomar el control de la situación, tan siquiera de comunicarse por radio. Kowalsky no sólo la rescata físicamente, sino que actúa de ancla emocional y psicológica gracias a su veteranía y madurez mientras toma la iniciativa de cara a la supervivencia de ambos. En definitiva, se alza como una figura paternal sobre una Stone inhabilitada para cuidar de sí misma, atrapada por el temor y la inseguridad, retraída a un estado de infantilidad. Iniciando una maniobra arriesgada de acercamiento a los restos de su nave, con objeto de rescatar el cadáver de un compañero y pedir ayuda, ambos viajan por el vacío conversando sobre sus vidas. Kowalsky trata de que Stone mantenga la calma y controle su respiración para que no acabe con sus ya diezmadas reservas de oxígeno, cosa que apenas logra.

Durante el desplazamiento, Stone confiesa a Kowalsky que perdió a su hija de cuatro años por un golpe en la cabeza ocasionado por un simple tropiezo. La insignificancia y lo fortuito del accidente es tan desproporcionado a su fatal desenlace que el impacto emocional devastó aún más a Stone. Admite que desde entonces vive como un autómata una existencia fría y vacía, una vida más propia de una máquina que de un ser humano. “Voy allí donde me dicen. Mi vida es levantarme, coger el coche, y conducir. Simplemente, conduzco”. El plan es alcanzar al ISS y utilizar la Soyuz para la reentrada. Desafortunadamente, la cápsula desplegó el paracaidas y esto impide una reentrada segura, por lo que tendrán que utilizarla para llegar a la estación china y utilizar su cápsula para la reentrada.

La nube de escombros completa un giro orbital y les sorprende de nuevo cuando han alcanzado los restos de la ISS. La fuerza del choque provoca una fuerza centrífuga que amenaza con enviarlos a ambos a la deriva y Kowaslky decide sacrificarse para que Stone consiga aferrarse a la nave y sobrevivir. Kowalsky desancla el mosquetón que le unía a Stone, y metafóricamente, rompe el vínculo que los mantenía unidos. Mientras se aleja a la deriva, Kowalsky le radia mensajes de ánimo, fuerza y coraje para que Stone luche por su vida. Ella logra aferrarse a la Estación a pesar de la traumática pérdida. Al límite de su resistencia, observa que el paracaídas de la Soyuz está enredado en la ISS y se ve obligada a desconectarlos. Logra llevarlo acabo y entrar por una esclusa. Acuciada por la falta de oxígeno del traje y la experiencia traumática que ha vivido, siente la necesidad de despojarse de él como ritual de limpieza, se desnuda y adquiere una posición fetal que la relaja y tranquiliza mientras respira profundamente. Es un nuevo comienzo para la doctora Stone, ahora en un estado de “gestación” previo a su renacimiento.

Segunda parte.

El objetivo de Stone es operar la nave Soyuz que está acoplada a la ISS para llegar hasta la estación china Tiangong. Stone se mueve por el interior de la nave de manera pausada y tranquila, sientiéndose a salvo, pero al poco de entrar en la ISS, los daños causados por la nube de escombros provocan un incendio que se extiende por toda la estructura. Stone tiene que luchar contra el fuego y la destrucción para alcanzar la Soyuz de manera desesperada. Su esfuerzo da resultado y logra alcanzar el habitáculo, dentro del cual se prepara para desacoplarse de la estación. No entiende las instrucciones ni el cuadro de mandos escrito en ruso, pero tiene unas nociones básicas gracias a unos ejercicios de entrenamiento que actúan a modo de instinto primario y opera los cohetes. La fatalidad se hace presente de nuevo cuando la falta de combustible no le permite llevar a cabo su plan. Stone sucumbe y se rinde. Decide suicidarse e inicia la decompresión de la cabina para morir indoloramente por hipoxia. Entrando en la somnolencia debida a la falta de oxígeno, Stone tiene una alucinación en la que Kowalsky aparece en la Soyuz y le revela cómo usar los cohetes auxiliares de aterrizaje para impulsar la cápsula hacia la Tiangong. La alucinación entremezcla el recuerdo soterrado del entrenamiento sobre la Soyuz con el recuerdo reciente de la persona de Kowalsky, lo que revela que su subconsciente está tomando el control de su instinto de supervivencia. Con fuerzas renovadas, Stone pone rumbo a la Tiangong. Debido a que la estación comienza a caer hacia la Tierra, Stone es incapaz de acoplar la Soyuz. Con valentía, voluntad de sobrevivir y con su nueva actitud se eyecta de la Soyuz y valiéndose de un extintor como método de propulsión, alcanza la cápsula china Shengzou, asumiendo un riesgo inconmesurable. Sin la más mínima pista al estar todo en chino, un idioma que desconoce por completo, reúne coraje e instinto y opera la cápsula. Lleva a cabo la reentrada rodeada de escombros de la Tiangong, que se ha deshecho en la entrada, en una nube de partículas similar a una lluvia de meteoritos y emerge del mar en un paisaje prehistórico, alejado de cualquier signo de civilización. Debido a la estancia en el espacio, lucha por ponerse en pie venciendo su propio peso y se alza como un ser humano completamente nuevo.

Análisis.

Toda la primera parte está cargada de simbología sobre el estado de incompetencia emocional de Stone y su insuficiencia personal. Su dependencia de Kowalsky, materializada por la cuerda que los une y las veces que le salva la vida es tan patente como el contraste entre la personalidad de uno, equilibrado, maduro, de vuelta de todo y capaz de disfrutar de cada pequeña o gran cosa que se le pone delante, y una doctora Stone apática, autómata, anclada en su luto interior. La segunda mitad de la película expone una tesis incontestable: No se puede vivir en un trauma constante, alimentándonos diariamente de la autocompasión y comportándonos como máquinas poco más que meramente funcionales. El personaje de Bullock quedó devastado por la pérdida que sufrió y desde entonces está alimentándose del drama personal, consumiéndose a sí misma. Es insegura, siente miedo, se colapsa. Lo expone perfectamente hablando con Clooney: “Mi vida es levantarme, coger el coche, y conducir. Simplemente, conduzco”. El paradigma de estar muerto en vida, de huir hacia delante, de ser un fantasma de lo que fue en otro tiempo y que simplemente, vaga. Y esta tesis concluye que eso no es humano y quien lo sufre está deshumanizado. Lo humano es luchar, superar adversidades y levantarse cuantas veces haga falta. Levantarse es rehacerse, y rehacerse es renacer. Por eso Bullock nace de nuevo en una alegoría diáfana (deliberadamente clara) cuando tiene que superar su propia muerte, no la física sino la psicológica, que asume cuando intenta suicidarse bajando los niveles de oxígeno de la Soyuz. Toda su gestación comienza desde el momento en el que tiene que tomar las riendas de la situación: Clooney muere porque la figura paternal, protectora, vinculante, aquella que la ata a un estado de dependencia y por lo tanto, debilidad y vulnerabilidad confortables, tiene que desaparecer para que se valga por ella misma. Y la catársis del personaje a través de su gestación regresiva se convierte en alegoría de la especie humana. No en vano, cuando Bullock ameriza y alcanza tierra firme, el lugar está completamente desprovisto de civilización, un paisaje que aparenta ser una estampa de ese mundo en el que comienza la evolución de las especies. Bullock llega del espacio en una “lluvia de meteoros” como se especula que llegó la vida a la Tierra. Interesantísimo el planteamiento de fondo, Bullock se va enfrentando no sólo a su gestación regresiva como un modo de reinicio vital, sino a la involución de la especie humana en conjunto, dada la lucha que lleva a cabo con las máquinas al principio y luego con elementos más profanos como el fuego o el agua.

El componente más sensible de la narración, la hija de Stone y su patética muerte, cimentan el trauma que la tiene sumida en una “no existencia”. Tenía que ser la negación de la muerte más traumática, la de alguien a quien ella dio la vida, el punto de partida inequívoco de una historia que se cierra cuando la protagonista aprende a querer seguir viviendo y a volver a nacer cuantas veces hagan falta. Un círculo perfecto.

Tratando estos temas, Cuarón, de forma muy inteligente, otorga un papel tangencial a la espiritualidad. La religión, retratada por un sencillo Buda presente en la Shengzou que Stone advierte durante la reentrada, es decir, al final de su proceso personal (cuando Stone ha completado su renacimiento y es autosufciente), actúa como elemento externo, de acompañamiento, pero nunca como acicate de la protagonista ni como ayuda activa. Stone lo consigue todo por sí misma y desprovista de otra fé más que la que tiene en sus propias capacidades.

En definitiva, ‘Gravity’ es una apuesta por nosotros mismos.

Frikismo chino

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Vía Engadget nos enteramos del penúltimo capítulo de la corta pero intensa historia del frikismo planetario: Un señor chino, un designer aguerrido, quedó prendado del fantasioso modelo de Megatron transformado en tanque que aparece en una de las películas de Transformers dirigidas por el inefable Michael “cámara lenta” Bay. Ni corto ni perezoso se lanzó a la construcción de una impresionante réplica.

 

 

El bicho pesa cinco toneladas y no se mueve, pero no me digan que no querrían uno en su jardín… ¡A menos que dicho jardín estuviera custodiado por el impresionante Optimus Prime que otro chino construyó también con chatarra!

 

 

No sé, pero si tuviera un estudio de efectos especiales y animatronics, no dudaría en ofertarles un puesto a estos denodados fans entre el equipo.

‘Misfits’: Los guionistas también tienen superpoderes

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Toda la vida pensando que misfit significaba algo así como espectro, fantasma, aparición… debido al tenebroso aspecto que lucían en el escenario los miembros de The Misfits, la legendaria banda americana de punk-rock… y no, significa algo que no encaja del todo, algo inadaptado… inadaptados sociales, por ejemplo.

En Misfits, el penúltimo descubrimiento en series llegadas desde las islas británicas, los protagonistas son precisamente eso, jóvenes inadaptados que se sienten desvinculados de la sociedad. Cada uno por sus motivos y circunstancias, y como consecuencia de personalidades problemáticas en uno u otro aspecto, terminan cometiendo algún acto socialmente reprobable o delictivo y son condenados a realizar trabajos de servicio comunitario. En estas circunstancias, acudiendo cada día a un centro y vistiéndose de reos urbanos, coincidirán y comenzarán a convivir de mala gana, lidiando con las chispas que surgirán del encuentro de caracteres y trasfondos privados igualmente difíciles y controvertidos.

Pero mientras tratan de llevar a cabo su trabajo y soportarse, no sin mala gana a toneladas, algo extraño ocurre: Un fenómeno meteorológico inaudito los toma por sorpresa, una especie de tormenta los engulle mientras tratan de ponerse a cubierto. Pierden la conciencia y al cabo de unas horas, cuando despiertan, comienzan a descubrir que tienen poderes especiales…

A partir de aquí, los superpoderes no dejan de ser un punto de partida sobre el que desarrollar guiones llenos de humor y situaciones cómicas. Siendo adolescentes difíciles y rebeldes, lo único que no podrían adquirir mágicamente sería madurez y sentido de la responsabilidad;  la escalada de situaciones absurdas a las que dará pie su aventura conjunta será impagable. Además los guiones son ambiciosos y transgresores y no se cortan un pelo a la hora de poner toda la carne en el asador con tal de lograr el objetivo de construir escenas y diálogos desternillantes y aventuras interesantes.

Al igual que otras muchas series británicas, Misfits se condensa en temporadas de seis capítulos (en esta segunda añadieron un especial navideño que suma una séptima emisión) por lo que los guiones funcionan como relojes suizos para proponer arcos argumentales y aventuras que van directas al grano y se desarrollan sin paja ni trampas al espectador. Los guionistas, además de parir líneas de diálogo y situaciones hilarantes y unos personajes con carácter propio, ofrecen un ejemplo de creatividad, originalidad y resolución que da sopa con ondas a los referentes más cercanos que podrían venir a la mente, como Lost o Heroes. Allí donde una se servía de continuos cliffhangers nunca resueltos para mantener al espectador en un estado de ansiedad continua ante un evento inexplicable y otra dejó caer en barrena a sus personajes ante la exasperación y posterior aburrimiento del público, Misfits plantea y resuelve cualquier giro de guión, cualquier idea brillante y original en uno o dos capítulos. Por eso, son especialmente disfrutables los episodios en los que se lanzan a jugar con conceptos tan frikis como los sucesos paranormales, los viajes en el tiempo, los personajes misteriosos, los juegos de apariencias, las intrigas, las relaciones… Misfits va directa al meollo del asunto y por suculenta que pueda parecer una idea como gancho para el público, los guionistas la despachan como si tuvieran la recámara repleta de ellas.

Escena memorable de Nathan haciendo el bobo, como siempre...

Todo esto tiene aun más mérito dado que Misfits es una serie hecha con cuatro duros. Se nota en los decorados, localizaciones, atrezzo, efectos… pero es tal el talento de sus autores que consiguen obviarlo por completo: Las interpretaciones son estupendas, seguramente tanto por la dirección de actores como por un casting perfecto (coger a un actor que encaje en el papel sin apenas construir el personaje); los guiones y los argumentos en los que se basan mantienen el interés constantemente y un brillante uso de la música, algo especialmente destacable, hacen que la serie se sostenga sin problemas sobre sus aparentes carencias.

Siendo el punto fuerte de la serie el humor, destaca por encima de todos el personaje de Nathan, un clown irreductible, grosero, impertinente y sin el más mínimo sentido del decoro o la vergüenza, que en todo momento usará el humor y el sarcasmo para afrontar lo que le ocurre a él y a sus compañeros, algo que por supuesto no hará sino generar más tensiones dado lo cargante que resulta para el resto de personajes. El actor que le da vida parece nacido sólo para ello y es la punta de lanza del reparto.

Por último me gustaría destacar una vez más la originalidad de Misfits. Una serie sobre superpoderes y sucesos inexplicables es como tratar de reinventar la rueda sin que se note. Si bien usan ideas ya existentes, utilizan el contexto humorístico para colar otras que en una ciencia-ficción seria no tendrían cabida, incluso ni siquiera en un cómic de superhéroes mínimamente “serio”. Y consiguen que cuelen, todas y cada una, dejándote con la carcajada y la sonrisilla tonta después de cada episodio, a gusto después de haber visto un producto hecho con dedicación, talento y honestidad creativa.

Misfits se encamina  a una tercera temporada. Esperemos que todo siga igual y que sus responsables no pierdan el norte, porque han bordado en dos temporadas lo que otros no logran llevar a cabo en cinco o seis.