La ausencia de contexto y el derecho a no ser ofendido

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Me he cruzado con un excelente artículo en inglés (Alexandra Petri, en el Wahsinton Post) y no puedo sino traducirlo. No soy traductor así que pido disculpas por adelantado por los fallos, que espero, sean pocos y no demasiado dolorosos.

Chris Rock, el conservadurismo en las universidades, “The Interview” y la economía de la indignación.

En un fragmento que no ha recibido suficiente atención de su muy compartida entrevista con Frank Rich, Chris Rock apunta con acierto un problema creciente:

Dejé de actuar en campus universitarios, y la razón es porque son demasiado conservadores… No en sus ideas políticas (no es que voten a los republicanos) sino en su mirada social y su voluntad de no ofender a nadie. Chicos criados en una cultura de “no vamos a jugar a puntos porque no queremos que nadie pierda”. O simplemente tratando de ignorar el hecho racial hasta el absurdo. No puedes decir “ese chico negro de ahí”, no. Es “el que lleva los zapatos rojos”. Ni siquiera puedes ofender como forma de ser inofensivo.

Este tipo de terror tan servil a causar ofensa no es exclusivo de los campus universitarios. Se extiende a los cómicos, porque cualquiera es capaz de grabar, transmitir y sacar de contexto sus actuaciones. Chris Rock dijo también:

Da miedo, porque lo que ocurre con los cómicos es que somos los únicos que practicamos frente al público. Prince no pone sus demos en la radio. Pero para un cómico, la “demo” es pública. Hay algunos lo suficientemente buenos para escribir el monólogo perfecto y salir con él, pero el resto lo trabaja y lo trabaja frente al público, y se puede convertir en un problema. Puede ser completamente ofensivo. Antes de que nadie tuviera un dispositivo de grabación podías decir algo que fuese demasiado lejos y dirías “oh, he ido demasiado lejos”, y simplemente quitarías esa parte. Pero cuando sabes que no tienes margen para cometer errores, produces actuaciones menos valientes, más mojigatas. No se te pueden ocurrir las ocurrencias que querrías que se te ocurrieran si te sabes vigilado.

De lo que habla Rock en ambos casos es de la desaparición del contexto.

Solíamos tener contexto cuando teníamos tiempo para leer las cosas por completo antes de sentirnos molestos con ellas. Ya no disponemos de semejante lujo.

2014, tal y como señala Slate, ha sido el año de la indignación. Hemos pasado de la cólera acerca de Lena Durham, a la cólera acerca de Uber, a la cólera acerca de las fotos de desnudos, y de vuelta al principio. Internet se nutre de la indignación. La indignación es una fuerza poderosa, tan renovable como el viento, igualmente capaz de arrasar con lo que encuentre a su paso. La fanfarronería sopla con fuerza.

La economía de la indignación va de la mano con la desaparición del contexto. El contexto es tan de 1995. Ahora llevamos un ritmo de noticias de 25 horas los siete días de la semana, y es físicamente imposible leer todo aquello sobre lo que todo el mundo habla. Así que elegimos la siguiente opción: Cabrearnos con fragmentos sacados de contexto a los que somos expuestos hasta que alguien es obligado a disculparse o pierde su trabajo, o cuando no, es silenciado.

Es malo para la comedia, es malo para la capacidad de expresión y es malo para las ideas.

La economía de la indignación es como “cenar con panteras”, citando a Oscar Wilde. Siempre estás a dos o tres centímetros de un tweet que acabe con tu carrera. Y mientras tanto, piensas que una indignación constante está bien, es justa y está justificada, que las voces que silencia y las opiniones que engulle son solo el precio a pagar por el debate civilizado. La gente que lo pierde todo “se lo tenía merecido”. Piensas eso hasta que te toca a ti.

Y uno de estos días, te tocará. ¿Recuerdas #CancelColbert?

En parte se debe a nuestra capacidad de atención. Es absurdamente pequeña. El otro día me abroncó un pez por distraerme con demasiada facilidad. Vamos rebotando de fragento en fragmento, asumiendo por opiniones ajenas que debemos molestarnos por ver un vídeo de dos minutos extraído de una entrevista de nueve horas que no hemos visto. Nos molesta lo que sí hemos visto y con eso debería ser suficiente.

Pensemos en la idignación causada por el libro de Lena Dunham. El libro salió en septiembre. Meses después, alguien leyó una parte y compartió el fragmento de la forma más controvertida posible, y entonces, una vez que había sido reducido a leña para la hoguera, todo el mundo se formó una opinión sobre él y hablo de ello hasta la extenuación.

Una cosa es tratar de no ser ofensivo. Eso es respetuoso. Otra cosa es pretender no ser ofendido jamás. Eso es imposible.

Ahora estamos en el punto en que, como dice Rock, no puedes ni siquiera ser ofensivo como forma de ser inofensivo. Estamos bajo el gobierno de los más finos de piel.

Fijémonos en lo que Greg Lukianoff, de FIRE, llama la “temporada de las des-invintaciones” en los campus de las universidades, el mismo fenómeno al que Rock hizo referencia. No es simplemente el “NO” a Ann Coulter; es “NO” a Bill Maher, el “NO” a gente tan relevante como Condolezza Rice, Christine Lagarde, Robert Birgeneau. Pronto, prevé Lukianoff, “la única gente a la que podrán invitar sin reticencias será a aquellos que no tienen nada que decir”.

“La gente a lo largo y ancho del mundo está llegando a asumir la placidez emocional e intelectual como si fuera un derecho”, escribe Lukianoff. “Esto es precisamente lo que cabe esperar cuando has enseñado a una generación entera a creer que tienen derecho a no ser ofendidos”.

La maquinaria de la indignación es tan maravillosa y está tan bien engrasada y es tan eficiente que es fácil creer que es correcta. En muchas ocasiones aisladas parece correcta: Tal cosa no debió decirse, o ese chiste no fue de buen gusto. Pero todas las ocasiones tejidas en red tienen un efecto silenciador.

Y sería interesante situar nuestra desaprobación en el mapa de la indignación actual (bueno, quizás la de ayer… los ritmos se mueven con mucha rapidez) sobre la retirada de “The Interview” de los cines. La indiganción fue dirigida en una dirección diferente de la habitual. Callarnos por una amenaza, sabemos, está mal. Eso es censura. Eso es nuestra libertad de expresión siendo cohartada. Eso no puede permitirse.

La gente normalmente señala que existe lo que se dice libremente y lo que se dice cobrando por ello, y mientras se supone que lo primero es libertad de expresión, no supone como tal lo segundo. No tienes derecho a usar una plataforma. Pero esto puede derivar por sendas peligrosas. En vez de aceptar la posibilidad de que algo pueda ser ligeramente ofensivo de camino a ser trascendente, cortamos cada árbol antes de poder ver cómo es el bosque. Ya sea por norma o por entendimiento implícito, esta fácil indignación (¡menos que leer!) limita el espectro de cosas que se hacen, se piensan y se experimentan. No es tan sólo una cuestión de que “The Interview” no se estrene en cines, o que “Pyongyang” de Steve Carell haya sido cancelada. ¿Qué hay de todo el resto de cosas que nos perderemos y de las que nunca sabremos?

Podemos decir que la censura es negativa cuando es una factor externo, digamos, Korea del Norte. Es un pensamiento generalizado que retirar “The Interview” de los cines ha sido un movimiento cobarde por parte de Sony. Pero cuando es algo que nos hacemos a nosotros mismos, el impacto es el mismo: silencio. Menos elección. Menos libertad para poner en orden tus ideas sobre algo que te preocupa. Menos valentía y más mojigatería, como decía Chris Rock.

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