Los ‘perroflautas’ del 15M

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Reconozco que no soy muy amigo de determinadas tendencias. Entre ellas hay una que suele ponerme en alerta, por mucho que  intente evitarlo: El conjunto de estética y forma de vida llamado genéricamente (y con mala baba) perroflautismo. No haré una descripción para no caer en maniqueísmos, pero ustedes saben. Y si no, tendrán su propia idea.

Como digo, hay tendencias comunales o grupales que no me suelen gustar. A mi juicio tienen más de impostura que de postura, tanto ideológica como de personalidad, cuando en el fondo vienen a servir para lo mismo, construirnos una armadura ante la falta de encaje con la que nos vemos a nosotros mismos dentro de la sociedad. Debajo de esa armadura hay, por supuesto, individuos, cada uno con su maravilloso e hiperpoblado mundo interior. Pero si algo nos caracteriza, como animales sociales, es que tendemos a ser gregarios y a adoptar dinámicas grupales.  Por ello a veces es fácil que, sin quererlo y de forma inconsciente, imitemos determinadas actitudes y maneras, de forma que un observador externo pueda trazar una línea con la que homogeneizar un conjunto de individuos bajo una misma imagen. Sería, lo que llamamos normalmente, un prejuicio. Algo fácil de propiciar cuando todo el mundo viste la misma armadura, traje o uniforme.

De la gente que ha participado en las sentadas de Sol y otras ciudades españolas, por lo visto y oído, se podría decir que ha habido una importante presencia de perroflautas. Estudiantes, jóvenes desempleados, supongo que ni-nis también, con esas ropas alternativas, esos peinados, esas actividades lúdico-festivas (nunca faltará el malabarista greñudo y descamisado) y esas proclamas idealistas tan de manual… un buen puñado de personas que poco tienen que ver, a priori, con el trabajador asfixiado por los pagos de la hipoteca, responsable de una familia, baqueteado en decenas de trabajos y empresas diferentes (o en uno sólo al que dedicó su vida, para verse despedido de cualquier manera tanto tiempo después) que en los últimos años ha sido el principal afectado por la Crisis y que está sumido en la amargura y la descreimiento. Muchos de los que han criticado a la gente de Sol han sido especialmente incisivos en esto.

Y es cierto que muchos de los que han participado en las manifestaciones son jóvenes idealistas sin experiencia real en el sistema que critican, o muy poca. Basta con haber tenido dieciocho años, haber sentido dentro la convicción de que las cosas estaban “superclaras”, haberse puesto a currar en trabajos basura y tener ahora más de treinta y estar más quemado que el cenicero de un bingo. Uno reconoce los patrones al oírlos hablar, se reconoce la poca separación del cuadro, la falta de visión general, cómo todo está clarísimo a esas edades por la falta de los matices que da la experiencia, que con los años te va haciendo dar pasitos atrás de forma que vamos viendo más y más del cuadro hasta hacernos una idea general.

Sin embargo, el enfoque con el que hay que afrontar estas manifestaciones no es ese. No es denunciar lo fácil (en teoría) que lo tienen los jóvenes inexpertos para salir a la calle a protestar por problemas que apenas han empezado a sufrir. La reflexión a hacer, y muy seriamente, es por qué los demás, los que ostentan merecidamente el puesto de sufridores oficiales de la Crisis, no han (no hemos) hecho ni dicho nada; por qué han tenido que salir en tromba los que menos motivos tenían para hacerlo en nuestro lugar. La paradoja es tal, como si en un estado de represión moral y religiosa, salieran monjes célibes a luchar por la libertad sexual de un pueblo resignado a fornicar a oscuras, pero más convencido del derecho a criticar a los protestantes por su condición de asexuados que de luchar por si mismo.

Quizás no es que estos jóvenes de Sol estén usurpando el grito de protesta, sino que el resto hemos usurpado el pasotismo, la falta de iniciativa y el estar a verlas venir propia de la adolescencia. La falta de valentía, de ánimo y propósito para luchar por los derechos de todos, perroflautas o no, está instalada entre las clases más afectadas por toda esta locura de ignominia macroeconómica. Cada vez estamos más y más constreñidos entre prerrogativas neoliberales e intereses incompatibles con los ideales sociales más básicos conquistados en el pasado siglo. ¿Son los perroflautas los que no saben de lo que hablan o son los demás los que no saben por qué callan?

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