Por qué no pagaría por descargas directas.

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Ayer escribí una pequeña reflexión acerca de la nueva modalidad de pago de Spotify, titulada Por qué no pagaría por Spotify. Algunos amigos me comentaron en Facebook que, estando de acuerdo conmigo en lo respectivo a Spotify, prefieren pagar por servicios de descarga directa como Megaupload o Rapidshare, por encontrar una mayor versatilidad en estos servicios de descarga de archivos. Yo, en mi caso, nunca he visto con buenos ojos estas suscripciones.

No es cuestión de volver sobre las reflexiones que me hacen estar de acuerdo con la libre descarga de contenidos y la polémica de la mal llamada “piratería”, porque sería embarrar esta reflexión. Básicamente: Estoy a favor. Partiendo de este punto, siempre he entendido que las descargas se justifican en una cierta honestidad por parte del consumidor, que:

1- Se baja aquello que no puede comprar;

2- Compra un número determinado de artículos, dependiendo de su economía;

3- Consume más de lo que podría comprar aunque quisiera.

Internet ofrece una versatilidad universal. No hay oferta comercial que compita con ella. La comunidad de usuarios dedicada a transmitir y compartir contenidos, ya sean de pago o gratuitos, es una marea imparable y procesa una carga de trabajo que, de forma similar a la de una colonia de termitas, supera con creces la labor de entidades mayores y más poderosas sobre el papel. Ninguna compañía tiene la capacidad de realizar tantos lanzamientos ni de cubrir un catálogo tan inmenso como la scene y es habitual encontrar en internet aquello que no se puede encontrar en ningún otro sitio. Pero seamos justos: La scene consiste en su gran mayoría en usuarios desinteresados que no ven un duro por su trabajo porque los que generan el contenido (los creadores) tampoco lo ven y los que disfrutan de la labor de unos y otros (los consumidores) no lo tienen. Es una forma digna de operar. Y resulta tremendamente irónico (y triste) que, en el momento en que los usuarios deciden pagar por un contenido, el que reciba el dinero no sea el creador del contenido, sino un tercer agente que se aprovecha de la coyuntura y que en ningún momento, a diferencia de Spotify, remunera a los creadores o gestores de los derechos comerciales.

Las compañías de hosting de archivos realizan un servicio que se adapta a una demanda, sí. Pero ese servicio tiene alternativas, aunque haya que currárselas un poco, empezando por la descarga gratuita que ellos mismos ofrecen, con el único precio de tener un poco de paciencia; o los métodos de descarga p2p que ofrecen los mismos contenidos sin pagar a nadie: Bittorrent, eMule… pero de nuevo, basta con tomarse una mínima molestia de buscar el archivo y esperar a que se descargue. No es un esfuerzo mayor del que hicieron quienes permitieron que el contenido llegara hasta nosotros.

Siempre he pensado que las descargas en internet funcionaban éticamente porque en la ecuación no había un factor dinerario. Una vez introducido, creo que herimos gravemente la base de nuestros argumentos.

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