Nuevo público, nueva demanda… ¿nuevo modelo de negocio?

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Si algo ha traído la revolución de internet, además del libre movimiento de todo tipo de información, es una nueva forma de consumo y un nuevo tipo de consumidores. Forma parte del pasado la clientela que bailaba al son de los catálogos prefabricados y que veía o escuchaba lo que le llegaba a través de la radio y la televisión. Internet se convirtió en la ludoteca más grande y con mayor potencial jamás creada y los internautas en los consumidores con más posibilidades de elegir en qué gastar su tiempo y su dinero.

Hasta ahora, con el punto de mira puesto en la mal llamada piratería, la industria del entretenimiento no ha sabido adaptarse al nuevo consumidor ni a su nueva forma de consumir. No han entendido que gran parte de la razón de ser de las descargas son la inmediatez, la comodidad y la universalidad de la oferta. Los tímidos intentos que han surgido en estos años siempre fallaban en estos aspectos: cuando no eran más complejos, eran técnicamente engorrosos, y cuando no, los catálogos ofertados adolecían de poca variedad.

Sin embargo, las distintas industrias (música, cine, videojuegos…) han crecido en volumen de negocio de forma paralela a internet. El despegue en las dos últimas décadas del sector de los videojuegos es paralelo a internet, a pesar de ser éste quizás el mayor damnificado por la piratería. El cine igualmente ha vivido una progresión constante. La música, por su parte, si bien ha experimentado una disminución de la venta de soportes físicos (cd’s), ha crecido a la par en volumen de negocio por conciertos, ventas electrónicas (mp3’s oficiales en descarga previo pago, streaming…), licencias, royalties…

El consumidor de hoy elegirá entre dos vías para obtener lo que quiere teniendo en cuenta cuál se lo sirve más rápido y más cómodamente. Hay tendencia a comprar mp3’s en iTunes o similares en lugar de cd’s en la tienda física (pese a la menor calidad de sonido) porque el mp3 comprado se descarga directamente en el ordenador y se pasa sin mayor esfuerzo al reproductor portátil, mientras que el cd hay que sacarlo de la estantería, insertarlo en el ordenador, ripearlo, convertirlo… incluso hay quien comprando el cd, acude a bajar por internet los mp3’s para ahorrarse el proceso de conversión del audio cuando quiere llevarse a la calle la música recién adquirida.

Esta demanda, estos nuevos usos y costumbres, también han afectado al mundo del cine. En un escenario en el que las televisiones generalistas en abierto empobrecieron radicalmente su oferta cuando aparecieron las plataformas de pago (que acapararon la compra de contenidos), apareció internet, con el mayor catálogo disponible jamás. Por la contribución de usuarios desinteresados, que empleaban tiempo y esfuerzo personal, en la red se podían encontrar todo tipo de filmes e  incluso los subtítulos correspondientes en varios idiomas.

Hoy en día a los vendedores se les enseña que el comprador actual es experto, conoce lo que está comprando y tiene recursos de sobra para formarse un juicio crítico sobre el producto. Ya no se puede tratar al comprador como a alguien a quien se le da a elegir entre las únicas alternativas del mercado y forzarlo a elegir; hay que escuchar lo que el consumidor dice, observar sus hábitos y adecuarse a su demanda. Pero, siendo esto algo comúnmente aceptado en las escuelas de negocio, ¿por qué los gerifaltes de la industria del entretenimiento siguen mirando para otro lado y conservan una estrategia de ataque y defensa mediante la que insultan, persiguen y atacan al consumidor?

Lamentablemente, la compensación por las descargas se ha convertido en una variante de negocio más, en una nueva vía de ingreso de dinero. El discurso es doble porque hay un doble negocio; hoy la industria del ocio mueve más dinero que nunca por la venta directa o indirecta de sus productos, al tiempo que recauda cantidades ingentes por derechos de autor retribuidos a cuenta de la piratería. ¿Cómo renegar de este sistema? Si se elimina efectivamente el riesgo, se elimina al mismo tiempo una gran parte de la rentabilidad del producto.

En otros países con rentas per cápita mucho más alta que en España, como Estados Unidos, los productos de ocio están mucho más baratos y han surgido alternativas que cubren la demanda de comodidad, inmediatez y universalidad de los usuarios, de forma totalmente legal. Pero a pesar de gozar de éxito y popularidad, en España serían imposibles. Netflix es un servicio de contenidos a la carta, similar al iPlus, pero más versátil y con un catálogo brutalmente mayor, que cuesta… ¡unos 6 dólares al mes! Imaginen, traten de imaginar en España algo similar.En este país, además de tener un nivel de vida menor, nos lo cobran todo mucho más caro. En el Reino Unido los cd’s, los dvd’s, los blurays… rondan precios entre un 40% y un 50% más baratos que en España, de modo que muchos consumidores españoles hacen pedidos a aquél país vía internet y aun pagando costes de envío, ahorran dinero (y no olvidemos que la libra es más fuerte que el euro, lo que aumenta la diferencia entre lo que pagan los británicos y lo que pagamos nosotros).

El discurso de la industria tiene poco de esperanzador y las medidas que ha puesto en marcha un gobierno cómplice como el de Zapatero (aunque no nos engañemos, lo serán todos, independientemente de su signo) no ayudan en nada. Internet es una realidad como método de distribución, uso y disfrute universal y de versatilidad máxima. Mientras antes se encuentre la forma de sacarle partido, antes acabará esta guerra unilateral y estúpida contra el consumidor.

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