Sin título (I)

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Lunes. Primer día en el supermercado. Turno de mañana, para estar con el encargado y que me muestre el área de trabajo, a los compañeros y las funciones que habré de desempeñar. Encontré este trabajo después de un par de semanas buscando aquí y allá, sin mucho denuedo. Sé que cuando busco trabajo lo encuentro. Es cuestión de tomarse la jornada de búsqueda como un trabajo en sí mismo: Ocho horas, desde temprano, recorriendo la ciudad de cabo a rabo, tocando a todas las puertas y hablando con todos los encargados, jefes y responsables de recursos humanos a los que pueda tener a mi alcance. Llevo las de ganar. Se me dan bien interactuar con ellos. Creen que están en la posición dominante, creen que intimidan a su interlocutor. No saben que yo conozco su psicología, sé qué preguntas van a hacerme y conozco qué respuestas quieren escuchar. Se qué actitud he de mostrar, qué grado de seguridad en mí mismo he de aparentar (ni poco ni mucho). Sé estar, y presentarme como alguien de confianza. No tardo en encontrar lo que busco. Aunque sea un trabajo mediocre que no me interesa lo más mínimo, salvo por la paga.

Los empleados no entramos por la puerta de delante, sino por la de servicio, o de personal. Llego unos quince minutos antes de la hora, con la típica previsión que me caracteriza, y encuentro a algunos de mis futuros compañeros fuera, sentados en un banco, en el bordillo de la calle y apostados en la pared. Algunos están fumando y otros a sus cosas, hablando o jugueteando con el móvil en la mano. Saludo y me presento. Trato de ser amigable para entrar con buen pie en la convivencia de la empresa, pero mis primeras impresiones me indican que no tendré mucho en común con ellos. Echo mano de algunos lugares comunes mientras espero a que nos llamen y sigo observando.

Del grupo de siete personas que me rodean, tres son mujeres. Una de ellas fuma como una cámara de combustión y expulsa humo como una chimenea. Se le nota en la piel de la cara, cetrina, seca, apagada. Pienso lo irónico del cuidado que llevará a cabo con cremas y otros potingues, dedicados a contrarrestar los efectos secundarios de su adicción, tan corrosiva como innecesaria. Sorprendentemente no tiene los dientes demasiado afectados por la nicotina, pero sí los labios, arrugados y amoratados. Es una mujer joven, pero falta de jovialidad. Al poco de observarla deduzco que no tiene una vida personal demasiado satisfactoria. Habla de su pareja con desprecio. De sus hijos, con resignación. De sus padres… parece que preferiría no hablar de ellos. Por un momento recuerdo la máxima: “Familia no hay más que una”. Pero no es la que eliges, es la que te toca. Y puede destruirte si no estás dispuesto a dominarla.

Otra de las chicas es una rubia atractiva, que también fuma, aunque de forma menos compulsiva. No habla, tampoco parece que esté prestando demasiada atención a lo que se dice alrededor. Está absorta, con la mirada perdida, apoyada en el muro con el hombro, de cara a la fumadora voraz, pero no parece pendiente de ella ni de nadie. Ha obviado mi llegada y sólo me recibió levantando la mirada del suelo brevemente. No parece que esté interesada en observar a la gente, ni siquiera para sacar primeras impresiones de un nuevo satélite de su entorno. Alguno de los trabajadores que están cerca de nosotros habla de ella con la complicidad del resto, tratando de captar su atención con bromas, sin éxito. De momento me confunde con su actitud. No se si su desinterés es autosuficiencia o una forma de protegerse ante un entorno que encuentra amenazante. Sus movimientos no son gráciles, a pesar de su belleza.

La tercera chica está hablando con la fumadora. La conversación gira en torno a un reality-show que echaron en la televisión la noche anterior. Hablan de sus protagonistas. Están de acuerdo en los juicios morales superficiales que hicieron al ver el programa, y sacan conclusiones grandilocuentes sobre ellos que equivalen a máximas universales sobre el comportamiento humano. También fuma, pero como tiene la boca más ocupada en hablar que en dar caladas al cigarro, éste se consume en su mano en un vaivén de gestos igualmente altisonantes. Es la mayor de todas, pero conserva un envidiable físico para su edad; viste con cierto gusto, aunque no irradia elegancia. La elegancia es como la fotogenia, se tiene o no se tiene, y ella no la tiene. No viene con el uniforme desde su casa, lo que delata su coquetería. No parece atraer especialmente la mirada de los compañeros. Sigo escuchando y determino que habla demasiado y dice más bien poco.

En el grupo masculino el tema de conversación es el fútbol de la jornada anterior. Sé lo justo para intervenir en la conversación de vez en cuando y resultar oportuno. Naturalmente la cuestión me resulta absurda, carente de interés específico. La mezcla de tópicos, prejuicios e ideas preconcebidas que salen a relucir en cada observación hecha por mis interlocutores no da para mucho. Al menos sirve para observarlos y hacerme una idea de con quiénes voy a compartir el horario de trabajo.

Quien lleva la voz cantante en la conversación es un tipo alto, de tez ajada, de complexión muy delgada, fibroso. Tiene los antebrazos y el cuello musculados y eso le otorga una imagen amenazante, de macho dominante. Debe de rondar la cuarentena. Los demás escuchan lo que dice con atención y no le contradicen como se contradicen entre ellos; el cambio de tono es claramente perceptible, por lo que entiendo que o bien se le respeta por su forma de ser o se impone de alguna forma, verbal o física. Llego a la conclusión de que es un líder nato, y desafiarlo sería desafiar al resto del grupo.

Los otros tres, que hablan atropelladamente, se lanzan dardos envenenados en respuesta a sus desacuerdos. Tienen el típico colegueo buenrollista de los compañeros de trabajo. Seguramente también salen juntos de juerga. Me pregunto cuánto tiempo llevan trabajando juntos. Uno de ellos, orondo, empaquetado en sí mismo, de estatura mediana y gafas culo de vaso, tiene aspecto de haber salido de un proceso de hipersueño y haber quedado estancado en la edad de quince años. Su forma de expresarse y sus conclusiones son pueriles y despiertan cierta sorna en los otros. Lleva un peinado ridículo, evolución a versión paleta de alguna modernez vista en algún sitio, bañado en gel fijador, acompañado de un tatuaje desafortunado detrás de la oreja. La tinta está enverdecida, lo cual delata que se lo hizo por cuatro duros en cualquier sitio.

Quien le lleva la contraria a este en todo lo que dice es un hombre de unos treinta años, complexión normal, algo de barriga, piernas arqueadas, estatura baja. Lleva la cabeza rapada, a juzgar por las irritaciones de la piel, para contrarrestar los efectos de alguna variante de dermatitis. También tiene enrojecidas la nariz, las cejas, las patillas y el mentón. Lleva el uniforme algo sucio y no tiene aspecto de cuidar en demasía su higiene personal. Habla más pausadamente que los otros, pero no dice nada diferente, salvo las afirmaciones radicalmente opuestas en la cuestión del balón, el árbitro y las jugadas a cámara lenta. Se expresa tratando de quedar por encima de los otros (salvo el líder) y con una impostura de superioridad patente de la que carece a todas luces. Es pedante y resulta cargante escucharlo hablar. Esa necesidad de llevar la razón me hace pensar que puede ser un conchabado del jefe, un chivato, un advenedizo dispuesto a denunciar a los demás para ensalzarse a sí mismo. Lo marco como elemento peligroso.

El tercero en discordia es un muchacho joven, aparente, de estatura normal y complexión atlética. Da sensación de estar seguro de sí mismo y tener aplomo, y aunque habla argumentando, no termina de rubricar razones. Se le ve capaz aunque falto de práctica; parece no acertar a convertir en palabras las ideas que le cruzan la mente, pero prefiere callar y repensar lo que va a decir antes que soltar lo primero que le pasa por la cabeza. No es mala cualidad. Mi impresión es que la vida lo ha llevado por una deriva de trabajo por visicitud y que podría haber tenido un mejor futuro de haber contado con alguna oportunidad académica. Finalmente, entre la frustración de no terminar de expresarse y las cosas que escucha y no le gustan, termina por apartarse del corrillo con un mohín. Se enciende un cigarro y saca el teléfono de su bolsillo.

Me pregunto si soy el único que no fuma.

Vuelvo mi mirada ante el ruido de un motor de coche, y distingo al encargado dentro de un monovolumen. La chica rubia atractiva levanta la mirada del suelo brevemente. Las aficionadas al reality siguen hablando, ahora de hijos, sobrinos y guarderías. Los futboleros pasan de darle patadas al balón a darle patadas al honor del jefe que se acerca. “Ahí viene el cabrón ese… Míralo, le queda grande el coche, al hijoputa” mastica por lo bajo El Pedante. El Alto Líder mira con desinterés, como no temiendo ninguna afrenta a su status. El Muchacho Joven se despide de alguien al teléfono y el Orondo Infante ríe a carcajadas la puya del prepotente achaparrado. Yo me adelanto unos pasos para dejarme ver.

– Buenos días- saluda. “Buenos días” cantamos a coro. Se escucha algún “qué hay” indolente.

-Veamos… Éste es Álvaro, va a entrar con nosotros hoy, se incorpora al almacén. Imagino -se dirige a mí- que ya has conocido a los chicos. Vas a estar con Rafael -señala al Líder- y con Pedro -y al Pedante. Mala noticia: Hubiera preferido no tener que atar en corto al Pedante y menos dependiendo de la relación que tenga con el Líder. El guarda de seguridad nos abre la puerta y entramos. Diría que huele a azufre, aunque yo no he estado aquí en la vida. Río para mis adentros y paso adelante.

 

Continuará

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